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Cuando me alcanzaron las noticias del acuerdo de La Habana, entre el Gobierno y las Farc, de quien primero me acordé fue de un viejo sabio catalán que no es el de García Márquez.
El séptimo centenario de la muerte de ese viejo sabio, el 29 de junio, pasó sin pena ni gloria en el mundo entero, siendo sin embargo tan grande la deuda que el mundo entero contrajo con él. Con Ramón Llull, una de las personalidades más polifacéticas y creadoras que conoce la historia del género humano, desde el Homo sapiens hasta el Pitecantropus erectus al que parece que estamos regresando en el curso de una involución no prevista por Darwin.
A lo largo de los 54 últimos años de su vida (alcanzó a cumplir los 84), Ramón Llull, “el doctor iluminado”, fue un paladín absoluto del entendimiento entre los hombres de distinta religión, de distinta raza, de distinta visión de la vida. Para él, la herramienta definitiva y maravillosa de ese entendimiento se resumía en una sola palabra: diálogo. Pero un diálogo en donde siempre, sin un solo momento de pausa mental, se estuviese escuchando al interlocutor y se lo dejara exponer sus ideas hasta el final. Siempre también sin tratar de imponerle las propias; nada más explicárselas en esas mismas condiciones de atención y respeto.
En cierto sentido se le puede considerar un adelantado. No sólo los diálogos de La Habana son una consecuencia del principio de atención y respeto en que fundó su doctrina del entendimiento ajeno. Desde los encuentros secretos de Oslo entre Israel y los palestinos hasta las tratativas multilaterales acerca del programa atómico del Irán, no ha habido un solo diálogo de contrarios, en el mundo contemporáneo, donde no haya flotado invisible la palabra conciliadora, la palabra pedagógica de Ramón Llull.
A quien no se debe nada más que esa doctrina, expuesta en su Libro del gentil y los tres sabios, sino todo un corpus poético y narrativo con un alto contenido simbólico; y por si fuera poco, la casi invención, podríamos decir, del catalán como idioma de cultura: es gracias a su obra que el catalán ingresó en el catálogo de las lenguas cultas de Occidente.
El filósofo suizo Iso Camartin, profundo conocedor de la obra del viejo sabio catalán, ha escrito a su respecto: “Ninguna religión o cultura lo tiene todo, o lo único correcto, como propio. Esa era la visión y la convicción de Ramón Llull. Es por ello que necesitaríamos hoy un Ramón Llull […] que nos procurase el asombro acerca de cómo justamente quienes piensan distinto pueden enriquecernos y hacernos felices en nuestras convicciones más importantes”.
Le envío copia de esta columna al procurador Ordóñez. Sin segundas intenciones.