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Releyendo a George Steiner

Ricardo Bada
05 de diciembre de 2013 – 05:04 p. m.

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Acabo de terminar una demorada, gozosa relectura diagonal de uno de los grandes libros de George Steiner, aquel que dedicó a la traducción, titulado Después de Babel.

En él volví a encontrar, al cabo de varios años de no haber vuelto a fatigar sus páginas (según nos enseñó a decir el maestro Borges), muchos estímulos al pensamiento que recompensan con creces las horas perdidas en la lectura de tanta basura como la profesión y sus obligaciones nos hacen consumir a diario. Así, por ejemplo, cuando Steiner se pregunta quién fue el primer hombre en contar un chiste: “La ausencia de bromas en las escrituras del Antiguo Testamento sugiere que el ingenio puramente verbal quizá sea una invención reciente y subversiva”.

Y también reencontré, por ejemplo, una reflexión que paradójicamente le da la vuelta de calcetín a la proverbial expresión italiana «traduttore, traditore [traductor, traidor]», dejándola sin embargo vigente, pero de un modo insólito.

Dice Steiner: «La necesidad síquica de particularidad es tan intensa que, desde los orígenes de la historia hasta hace muy poco, ha prevalecido sobre las ventajas materiales espectaculares de la comprensión mutua y de la unidad lingüística. En este sentido, el mito de Babel es un ejemplo de inversión simbólica: la humanidad no fue destruida cuando se dispersó entre las lenguas; por el contrario, fue esa dispersión la que salvaguardó su vitalidad y su fuerza creadora. Por eso mismo, todo acto de traducción, en especial cuando lo corona el éxito, comporta una dosis de traición. Los sueños largamente acariciados, los módulos que definen la vida, han sido obligados a pasar al otro lado de la frontera».

En cierto sentido, esta larga cita de Steiner, que quién sabe qué les habrá parecido a ustedes, pero que a mí me parece espléndida, supone la certificación de una frase que no me sé de memoria pero sí sé que suele atribuirse a Tolstoi, y según la cual para ser universal el escritor tiene que hablar de su aldea. Lo malo es, claro está, que si no existieran esos traidores llamados traductores, nunca hubiésemos sabido que Tolstoi escribió semejante cosa.

Es más: si no existiera un excelente traductor y escritor mexicano llamado Adolfo Castañón, que se metió entre pecho y espalda la hercúlea tarea de traducirnos al castellano el libro de Steiner, tampoco habríamos tenido acceso al pensamiento suyo. A no ser que aprendiésemos inglés, que al paso que vamos parecería ser la lengua materna de Dios. Y una vez más estaríamos, entonces, caminando paso a paso para ponernos en la cola e ingresar en la infinita espiral ascendente de la torre de Babel.

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