Publicidad

Romain Rolland (* 29.1.1866).

Ricardo Bada
28 de enero de 2016 – 11:35 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Se cumplen hoy 150 años del nacimiento de Romain Rolland, uno de los hombres más célebres, justamente célebres, de su tiempo (“la conciencia moral de Europa”, según Stefan Zweig), y hoy casi desconocido, a no ser por una minoría fiel.

Confieso de entrada que de RR sólo he leído tres de los diez volúmenes de Jean-Christophe, la novela–río que lo aupó a la fama, su Vida de Beethoven (que tradujo Juan Ramón Jiménez), sus impresiones de viaje y parte de su copiosa correspondencia. Quizá sus epistolarios sean bastante más interesantes que el resto. Todavía estudiante, en la Escuela Normal Superior, de París, ya se carteaba con Tolstoi. Y la lista de sus corresponsales es algo así como un Almanaque Gotha de la nobleza espiritual: Einstein, Hesse, Wells, Shaw, Bertrand Russell, Tagore, Gandhi, Gorki y un largo etcétera.

Gorki fue quien lo convenció para viajar en 1935 a la Unión Soviética, donde pudo entrevistar durante dos horas a Stalin, el 28 de junio, en el Kremlin. Sus impresiones de viaje, empero, no se publicaron hasta 1992, más de medio siglo después de su muerte, en 1940.

Lo más admirable de su obra es esa pasión por la verdad que la atraviesa toda, como si se lo impusiera una tradición familiar de varias generaciones de notarios, por la vía paterna. RR vino al mundo a dar fe de la verdad, y eso le granjeó el respeto de sus iguales, pero la cerril oposición de quienes viven –como personajes de Ibsen–enquistados en la mentira de sus vidas; y ellos son los más.

En Jean-Christophe, RR previó la guerra que se incubaba en Europa y estalló en 1914, haciendo que una ola de nacionalismo barriese con sus prejuicios los frágiles fundamentos de la civilizada convivencia continental, una con pies de barro. Es de leer lo que escribieron
por aquellos días premios Nobel como Maeterlinck, Hauptmann y Kipling: nos hace sentir vergüenza ajena, un siglo después.

No más comenzar las hostilidades, RR se refugió en Suiza, y allí, en artículos ardientes bajo la rúbrica Por encima del conflicto, proclamó su rechazo total de los nacionalismos y clamó por los fueros de la razón en un mundo ensordecido por los cañonazos de la Gran Guerra, la que dizque se hizo (riamos tristemente) para acabar con todas las guerras. Lógicamente, su actitud le deparó el odio de tirios y troyanos, y los franceses lo consideraron un traidor.

Pero la Academia Sueca, que tenía previsto conceder el Nobel de 1915 a un gran autor de un país neutral, el español Pérez Galdós, saltó por una vez sobre su propia sombra y, a despecho de su condición de francés, ciudadano de un país beligerante, le concedió el galardón a RR.

Se me ocurre que tal vez va siendo hora de releerlo.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido