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Cualquier banalidad profanaría lo sacrosanto de la fecha y ello explica mi vacilación inicial: ¿de qué hablar hoy en esta columna? Por dicha, como bellamente dicen los costarricenses, cierta vez me llegó un email de una persona amiga, quien leyó un texto mío que concluía diciendo: “Preguntas y más preguntas, como en el poema de Bertolt Brecht. Y me temo que, como en él, poquísimas respuestas. Mas bien ninguna”.
Que cuál era el poema de Bertolt Brecht al que me refería, éso quiso saber mi amiga.
Y como se trata de un texto que es bastante serio, tanto en su intención como en su elocución, se lo aproximé a nuestro idioma y pienso que puede ser bastante apropiado para ocupar hoy el espacio de mi columna. El poema se titula “Preguntas de un obrero lector” y dice así:
“¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? /En los libros se leen los nombres de los reyes. /¿Fueron ellos quien acarrearon los pedazos de roca? /Y a la tantas veces destruida Babilonia /¿quién la reconstruyó tantas veces? ¿En qué casas /de la eldorada Lima vivían sus constructores? /¿Adónde se fueron sus albañiles /el día que estuvo concluida la muralla china? La gran Roma /está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los levantó? /¿sobre quiénes / triunfaron los césares? La tan celebrada Bizancio /¿no tenía nada más que palacios para sus habitantes? Hasta en la legendaria Atlántida, /la noche que fue devorada por las aguas, /los que se estaban ahogando les gritaban a sus esclavos. //El joven Alejandro conquistó la India. /¿Él solo? /César derrotó a los galos. /¿Ni siquiera un cocinero iba a su lado? /Felipe II lloró cuando su Armada /se fue a pique. ¿No lloró nadie más? /Federico de Prusia venció en la guerra de los Siete Años: /¿quién ganó sino él? //Cada página una victoria. /¿Quién coció los festines del triunfo? /Cada diez años un gran hombre. /¿Quién pagó los platos rotos? //Demasiadas historias.
/Demasiadas preguntas”.
Supongo que ya está traducido en otra parte al castellano, pero esas traducciones de Brecht a nuestro idioma suelen ser, por regla general, no ya malas, sino catastróficas.
De manera que siempre prefiero hacer yo mismo una aproximación, cuando lo cito, porque así al menos me responsabilizo de mis propios errores, y no de los de otros.
Y de aquí vuelan mis pensamientos a las calles de mi Andalucía natal, un año más sin procesiones de Semana Santa, sin el aire saturado del olor de los jazmines, de la cera quemada de los cirios y de las nubes de incienso. Y también de unas voces humanas entonando saetas, el “cantar del pueblo andaluz /que todas las primaveras /anda pidiendo escaleras /para subir a la Cruz”, como dijo don Antonio Machado.