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Más allá de las explicaciones, lamentaciones, señalamientos, oportunismos o arrepentimientos, la crisis social en que se encuentra el país por cuenta del desplome de las llamadas “Pirámides”, ofrece a nuestra sociedad el doloroso recordatorio de las guías que enseñan los principios morales y la ética en el desarrollo de los negocios.
A pesar que, ponerse de acuerdo sobre las normas de conducta no suele ser fácil, debemos saber que la ética es aquella rama de la filosofía que trata del bien y del mal o los principios que rigen el comportamiento moral de una persona o grupo. Sin ética en los negocios se destruyen las economías, se anulan las libertades, desaparece la competencia y campea la corrupción.
No hay duda que en el desarrollo de los negocios se aspira a obtener utilidad o beneficios, pero ellos deben corresponder a la entrega de bienes o servicios adecuados y de calidad, ya que anteponer la individualidad a la construcción de bien común es garantizar el perjuicio ajeno en el corto plazo y el propio en el mediano o largo; hacer concurrir interés propio en simultaneo con el colectivo es beneficioso, no solo por altruismo sino también por conveniencia.
No puede existir futuro en un negocio en el que no es claro cuál es el bien que se entrega a cambio de una ganancia que ningún otro negocio ofrece, tampoco en uno en que no es visible la fuente de creación de valor y mucho menos en aquel donde se refiere la supuesta existencia de fórmulas mágicas y secretas. Aquella comunidad que cree que existen los milagros en los negocios será inevitablemente timada.
Pobre porvenir tiene una sociedad que a conciencia olvida que la búsqueda del bienestar personal debe coincidir con el del colectivo, que empieza a llamar bueno a lo que es malo, que acepta que se empleen algunas profesiones para evadir el cumplimiento de la ley antes que para aconsejar cumplirla o en la que se sigue a los dueños temporales del poder sin importar los modos en que lo obtuvieron.
Cuando olvidamos que los que deben esconderse son los que delinquen o se ve con complacencia las astucia de “vivos” y se elogia el accionar de los corruptos denigrando de aquellos que lo evidencian, podemos tener la seguridad que la sociedad no anda por buen camino, pero también que al final los pillos siempre caen.
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