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Algo va mal

Rodolfo Arango
16 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

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Un apreciado amigo me recomendó hace meses el libro Algo va mal, escrito por Tony Judt.

Por los avatares de la vida, la recomendación cayó en el olvido. Pero, por fortuna, la semana pasada, en visita a México, otro amigo mencionó el libro del historiador inglés, publicado pocos meses antes de su muerte, con esa extraña luz de quienes se despiden para siempre y ven los acontecimientos en forma clarividente. Corrí a comprar el libro a Gandhi, otrora librería imponente, hoy convertida en tienda de miscelánea por efecto del “progreso”. Lamentablemente estaba agotado. Me dirigí entonces a otra librería, donde me aseguraron tenerlo, en Coyoacán, pudiendo, finalmente, por fortuna, conseguirlo. Quienes leyeron La luz difícil, de Tomás González, no podrán evitar captar la extraña similitud entre las tramas de ambos libros. Mientras Judt logra plasmar, con la ayuda de su familia y allegados, sus reflexiones finales sobre el destino de la humanidad, en la era del egoísmo y la acumulación material, González hace del apoyo familiar a quien decide poner término al sufrimiento insoportable un bello testimonio de amor y entrega, en el mundo sórdido que se ha vuelto insensible al dolor.

No pretendo reseñar el libro de Judt. No quiero ahorrar a los interesados su lectura. Estas cortas líneas sirven para recoger una idea bien desarrollada allí y que resulta oportuna a la luz del papel jugado por los estudiantes en la reciente protesta contra el Gobierno. No debemos confundir la acumulación de riqueza con el progreso de la sociedad. La primera, si bien puede significar cambios materiales para las personas, no garantiza el progreso moral. Recordemos que Colombia cosechó, en los últimos años, a la par de su crecimiento económico, el aumento de la inequidad social. Por mucho que se pretendan maquillar las cifras sobre pobreza y desempleo, los pobres seguirán siendo servidores y los desempleados, rebuscadores. Por lo menos en tanto en el país no exista una verdadera voluntad política de emancipación humana, que sólo se logra con una educación para la democracia.

Una política económica basada en la generación de riqueza mediante la explotación minera y petrolera, agraria y financiera, al servicio de los grandes capitales extranjeros, no es compatible con una sociedad con ciudadanos plenos, autónomos, conscientes de sus derechos y deberes democráticos. Confiar la educación a una empresaria y el medio ambiente a alguien ajeno al sector, son decisiones que evidencian la pobre concepción de futuro que el Gobierno ofrece a las presentes y futuras generaciones. A los estudiantes sí les cabe un país mejor en la cabeza. Un país donde la idea de justicia social no coincida con el presunto deber de buscar la felicidad desde el lugar y la tarea que a cada uno corresponde en la división del trabajo social, al mejor estilo del Opus Dei. Bajo este regresivo enfoque es entendible la intención gubernamental de desincentivar las ciencias sociales en universidades públicas y fomentar la formación técnica y tecnológica en los institutos educativos. Bien valdría la pena que al nombrar nuevos ministros el presidente siguiera el consejo de los estudiantes. También podría pedirles a sus futuros colaboradores que leyeran Algo va mal, para evitar el destino de la dirigencia inglesa y americana, tan amenazadas hoy en día por las multitudes.

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