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Bicentenario de dos países

Rodolfo Arango
21 de julio de 2010 – 07:59 p. m.

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EN LA CELEBRACIÓN DEL BICENTEnario del grito de Independencia salieron a relucir los dos países que habitan el territorio colombiano: el urbano, afecto a los desfiles militares y a los fuegos pirotécnicos, y el rural, desamparado, desconfiado de las instituciones, rebelde y solidario frente a la injusticia en que vive.

A los dos países corresponden diversas percepciones de la realidad social. Al primero dan seguridad y unidad los símbolos patrios, las armas y los discursos poco ilustres de una élite política que se reproduce a sí misma por medios legales o ilegales. A los desarrapados del campo, con su pobreza y su dignidad a cuestas, los une un pasado de oprobios, el despojo de sus tierras a manos de terratenientes, de criminales organizados y de compañías nacionales e internacionales que van en pos de las riquezas naturales y mineras. Entre esos dos países no existe pacto social alguno.

Las profundas diferencias entre el país urbano y el país rural se muestran hasta en lo estético. Los citadinos admiran el brillo de tanques, fusiles y botas militares. Los embarga un sentimiento de admiración por la patria cuando escuchan los rugientes aviones que derrochando dinero surcan los cielos y engrandecen un nacionalismo caduco. Tantos adustos y abnegados hombres y mujeres en armas reafirman sus deseos de orden y seguridad. Se niegan a imaginar un país diferente, donde no las armas y el miedo colonicen los corazones. Los caminantes de lejos, indígenas, campesinos, obreros, estudiantes y organizaciones sociales irrumpen a su manera en las ciudades, disturbando el imperio del automóvil, de las prioridades motorizadas y la arrogancia de las armas. Con sus ollas comunales, sus cánticos y reivindicaciones, rememoran a los verdaderos luchadores por la independencia frente a los dominios extranjeros, por cierto nunca lograda. Mientras los acorazados anfibios y terrestres nos recuerdan la supremacía de los primeros, las botas invertidas de campesinos asesinados por militares o mineros calcinados en socavones de hambre nos recuerdan el olvido y el desamparo de los segundos.

De las diferencias estéticas entre los dos países que habitan el territorio se derivan incompatibles visiones políticas. Los citadinos buscan tener cabida en el capitalismo global, adoran el crecimiento económico y el amparo del Estado y descreen de alternativas diferentes al libre mercado y a la economía extractiva. Con su comprensión pragmática del poder refuerzan su mal gusto estético, convirtiéndose en cínicos, aduladores, hipócritas o serviles clientes. Para acallar su mala conciencia cuentan con oraciones, rezos y actos de caridad con los desamparados. Para la minga indígena, el movimiento sindical o la organización campesina es posible imaginar un futuro diferente en el cual las pretensiones independentistas de los libertadores efectivamente se realicen. En esa realidad, armas, ejércitos, banqueros o terratenientes no gozan de todas las prerrogativas, siendo lo más importante la comunidad.

Las actuales circunstancias políticas son propicias a otros doscientos años de dependencia. Desde lo urbano se planea continuar con la servidumbre en los campos, con su explotación y su entrega a grandes empresas y a terratenientes. El desplazamiento hacia las ciudades nos condena a una Colombia escindida, donde millones de personas tienen que vivir en la pobreza y la violencia. Los puentes solidarios entre el país agrario y el urbano están aún por diseñarse y construirse de forma que esa mitad abandonada y sufriente de la población logre efectivamente su autonomía e independencia.

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