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Crear confianza

Rodolfo Arango
22 de febrero de 2016 – 09:41 a. m.

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En la etapa final de las negociaciones impera la desconfianza. La aparición de comandantes guerrilleros en La Guajira con escoltas armados causó justificado escozor y no poca preocupación.

Cuentan quienes han pasado por La Habana que no existe socialización entre la comitiva del Gobierno y los integrantes de las Farc. Nada de escapadas conjuntas a tomar ron o bailar salsa, al vaivén de la brisa y al rítmico son cubano. De allí que la virtud civilizatoria del diálogo no parece haber bastado para desarmar los espíritus y confiar en el otro. En claro queda que la razón, por mucho que se ejerza en la discusión y la deliberación, no sustituye las emociones, más originarias y profundas.

Gobierno y guerrilla tienen un crucial reto ante sí: generar confianza entre ellos y en su relación con la población. Es momento de tomarse en serio las emociones. El miedo, el odio, la indignación, entre otros afectos, requieren ser inteligentemente administrados y transmutados en confianza, perdón, comprensión. Altísimas dosis de altruismo y generosidad serán necesarias para superar el sufrimiento, tan extendido entre las víctimas de ambos lados. La literatura sobre el tema es amplia y variada. No pocas sociedades han transitado de la guerra a la paz. Martha Nussbaum nos recordaba hace poco que los griegos recurrían a las artes, por ejemplo el teatro dramático, para exorcizar las penas y curar el alma mediante la representación escénica donde el espectador veía reflejado su dolor y aprendía a sortear el infortunio al emular luego a los actores. Reconstruir vidas y tejido social mediante el arte es una tarea pendiente.

El desenlace de las negociaciones clama por un cambio de actitud y de método. Más que recabar en la racionalidad, necesitamos fomentar la sentimentalidad. Richard Rorty recomendaba dosis extensas de literatura para educar las emociones y posibilitar el progreso moral. Cine, teatro, literatura, donde los protagonistas sean integrantes de ambos bandos que renuncian a las armas y las sustituyen por roles actorales. Y es que la confianza en el otro no va a cosecharse de la acción política estratégica de contendores ávidos de poder, sino de acciones desprendidas que permitan superar temores y prevenciones.

El arte, el juego, la narrativa podrían desarmar los espíritus y aclimatar la confianza en el otro, así no comparta nuestras convicciones ni percepciones. Los romanos acostumbraban, durante las fiestas, a intercambiar los roles de amo y siervo, recordando que en el fondo todos pertenecían a una misma comunidad. Por qué no pensar, entonces, en visitas conjuntas de los negociadores a caseríos y municipios, con participación en obra de teatro, partido de fútbol o jugada de tejo. Y es que la población clama y espera de los ya desarmados signos de confianza mutua que enseñen a convivir, incluso frente a los profundos desacuerdos. La terapia de los deseos, mediante el juego, puede ahorrarnos incontables riesgos y sinsabores.

El país necesita hacer despertar la inteligencia de las emociones. En cada pueblo y ciudad, particularmente de zonas azotadas por la violencia, deben construirse plazas y canchas para la convivencia y la paz. Los artistas, poetas, escritores y deportistas, más que los abogados, fiscales o jueces, pueden encabezar la reconciliación nacional mediante el uso del ingenio y la memoria creativa. Festivales de poesía o teatro, concursos de danza o música, deben instruir e inspirar un renacer de la vida, donde la desconfianza sea sustituida por el interés sincero en las aspiraciones del otro. Cuando hayamos construido esos lazos de familiaridad, podremos decir que en Colombia ha echado raíces la democracia y fructificado la paz.

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