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De impuestos y donaciones

Rodolfo Arango
15 de diciembre de 2010 – 10:00 p. m.

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HACE POCO SLOTERDIJK PROPUSO eliminar los impuestos y reemplazarlos por donaciones.

En su sentir las personas aportarían más al bien común si pudieran hacerlo voluntariamente y no coaccionadas por un Estado ineficiente y represivo. Como es obvio, le cayeron rayos y centellas. Las críticas arreciaron desde sectores de izquierda y socialdemócratas. Su propuesta fue calificada como enemiga del Estado, impracticable y, en el peor de los casos, satírica. En resumen: el desvarío de un loquito irresponsable. El polémico pensador ripostó acusando de falta de imaginación y pesimismo a los científicos sociales progresistas. ¿Por qué rechazar la coerción en general y no querer eliminar la coercitividad del sistema impositivo? Al fin y al cabo, la generosidad debería emanar espontáneamente y no ser exigida bajo amenaza de castigo. Mientras en el primer caso la persona se llena de gozo al ver los efectos de su desprendimiento, en el segundo se siente asaltado por la insaciable voracidad de la burocracia oficial.

A nuestro amigo filósofo habría que invitarlo a Colombia. Allí podría apreciar, aunque aún imperfectamente, cómo funciona el sistema distributivo de sustitución de impuestos por donaciones que él mismo propone. Los beneficios tributarios y la posterior generosidad de los beneficiarios, por ejemplo ante las recientes inundaciones, son prueba de ello. Exenciones a banqueros, empresarios, industriales, propietarios, accionistas e inversionistas permiten ahora que éstos ayuden desinteresadamente a quienes perdieron todo por la fuerza de las aguas. Detrás de la transmutación de tributos en filantropía, despunta la ideología libertaria. Ésta ve en la ineficiencia y corrupción oficiales una amenaza a la propiedad privada y la libertad del mercado, y propende el adelgazamiento del Estado para dar paso a la iniciativa privada.

Ante tanto “berlusconismo” criollo que confunde Estado con negocios, vale la pena recordar que de los impuestos depende la calidad de vida de la comunidad. En sociedades complejas ellos posibilitan la coordinación de esfuerzos para alcanzar metas superiores. La planeación urbana es una de ellas, como también debería serlo la planeación ambiental. Por eso es tan importante oponerse al desmonte de las contribuciones de todos que luego podemos distribuir democráticamente en ejercicio de la participación política. Aceptar el modelo privatizador del Estado es renunciar a la autonomía pública y condenar a la mayoría a la manipulación de unos pocos. Razón tienen Alfredo Molano y Jorge Orlando Melo en no atribuir a la “Diosa Natura” el desastre de las inundaciones, sino a la debilidad del Estado y a la prevalencia de intereses particulares sobre el interés colectivo del medio ambiente.

Gracias a la existencia de impuestos y a una cultura que incentiva la cooperación social puede la comunidad ejercitarse en la acción colectiva que le permite adaptarse al medio mejor que una sociedad de maximizadores de intereses particulares. Las donaciones, por el contrario, degradan y minimizan a quienes las reciben. Más vale tener un Estado fuerte y participativo que uno subordinado a la caridad privada o extranjera, con manifiesta incapacidad para potenciar las capacidades individuales y realizar proyectos comunes que enorgullezcan a la colectividad. Sloterdijk se equivoca al pensar que una comunidad de bondadosos surge espontáneamente cuando se libera la iniciativa privada del yugo estatal. La coacción del Estado seguirá siendo necesaria para construir la civilidad y el derecho que nos permiten ser libres mientras conservemos nuestra insociable sociabilidad.

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