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Distintos pero iguales

Rodolfo Arango
18 de febrero de 2009 – 10:41 p. m.

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LAS FRÁGILES DEMOCRACIAS DEL norte de Suramérica sufren el azote del populismo mesiánico.

Luego de perseguir implacablemente a la oposición, cerrar canales de televisión críticos del régimen, ridiculizar a los contradictores, impedir marchas estudiantiles, expulsar a defensores de derechos humanos y a observadores internacionales, entre otros actos despóticos, el presidente Chávez logró por referendo modificar la Constitución de Venezuela para permitir su reelección indefinida. Al otro día, desde Sao Paulo, el presidente Uribe le envía felicitaciones a su colega venezolano “pues consiguió un triunfo democrático”. ¡Vaya, vaya, la educación democrática del Presidente! ¿Será democrático el triunfo de un referendo aprobado mediante la violación sistemática de la Constitución y la ley?

Ni Chávez ni Uribe entienden qué es la democracia constitucional. La confunden con el mecanismo de decisión por mayorías. Desde Hitler se sabe que el pueblo —sometido a una mezcla de odio, prebendas y propaganda— también puede apoyar mayoritariamente a gobiernos despóticos. En una verdadera democracia el Gobierno cuida de no lesionar a la oposición; defiende la libertad de pensamiento y expresión; asegura el acceso igualitario de los grupos políticos legalmente constituidos a los medios de comunicación; respeta los partidos políticos, así sean contrarios a sus propósitos; y, sobre todo, no coloca los bienes públicos y las vidas humanas al servicio de sus intereses personales.

A diferencia de Chávez que persigue abiertamente a los enemigos del Socialismo Siglo XXI, Uribe actúa en forma taimada, actitud señalada con acierto por otros columnistas. No expulsa a los periodistas; le basta estigmatizarlos como cómplices de la guerrilla para que sean otros quienes con sus actos o amenazas los “saquen” del país. No cierra medios de comunicación; nombra en altos cargos del Gobierno a sus dueños. No les quita las licencias a los canales; les aprueba, con sus mayorías congresariales, leyes favorables a sus intereses o nombra a sus directores como embajadores luego del “patriótico” cubrimiento informativo.

Ambos presidentes saben de la importancia de la ideología, sea estalinista o fascista, para mantenerse en el poder. Reparten dinero en sus audiencias públicas televisadas. Hacen asistencialismo para mantener a sus seguidores, pero los hacen dependientes y empobrecen a la población. Invocan a diestra y siniestra a Dios para ponerse en sintonía con los votantes creyentes. Borran la distinción entre información y propaganda. Diseñan estrategias para tomarse las Cortes, las juntas directivas de los bancos centrales, las comisiones de televisión. Saben que la Constitución que cuenta es la Constitución real, la de los poderes económicos de facto, que les asegura mantenerse en el poder, no la Constitución Política que consagra libertades básicas y derechos para todos, fundamento de la paz y la estabilidad social entre personas y grupos diversos.

Con lucidez y contra las conveniencias políticas, Carlos Gaviria Díaz ha resumido el significado de la reelección de los gobernantes en nuestras débiles democracias con sistema presidencialista: “En nuestros países, el caudillismo está sustituyendo el fortalecimiento de las instituciones”. ¡Qué contraste con el presidente Uribe que alaba a la aplanadora chavista ante la inminencia de la reforma constitucional reeleccionista en Colombia!

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Condenamos a las Farc por la atroz masacre cometida contra la comunidad Awá y sus integrantes. Se trata de un delito de lesa humanidad injustificable por el cual deben responder sus autores materiales e intelectuales.

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