Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
EN LA RECIENTE VISITA DEL PRESIdente Santos a Francia, el senado galo le hizo un curioso regalo: una estatuilla con forma de un “caballo de cristal”.
El asombro del primer mandatario fue grande pero reaccionó rápido. Comentó que el presente le habría gustado mucho a su antecesor, caballista consumado. No quedó claro si a él gustaba el simbólico regalo. ¿Cuál sería el mensaje que los anfitriones querían transmitirle al jefe de Estado colombiano? ¿Por qué un caballo? ¿Y por qué de cristal? ¿Existe alguna relación entre el rupestre regalo y las declaraciones de Santos días después a la BBC en las que apoya las investigaciones judiciales que involucran al expresidente Uribe aunque le entristecería si se estableciera su responsabilidad? Parecen preguntas descabelladas. No lo son tanto, si se observa que el “caballo del cristal” lo entregó la diplomacia francesa, experta en transmitir duros mensajes con guantes de seda. El suceso del “caballo de cristal” sirve al análisis de la estrategia nacional para mejorar la “imagen” del país en el exterior. Una interpretación benigna del propósito tras el equino regalo es la ofrecida por Ramiro Bejarano en El Espectador del día domingo. El columnista fustiga al mal gusto francés por andar regalando porcelanas dignas de los “Ochoa” a los mandatarios visitantes. Pero, ¿por qué presume el ilustre jurista que el mismo cuadrúpedo traslúcido se regala a otros mandatarios? De ser así, la dádiva al presidente Santos evidenciaría una falta de tacto de los anfitriones por desconocer el significado que en Colombia tienen los equinos en la cultura narca y paramilitar. Pero, ¿es realista disculpar a la cuna de la diplomacia mundial su desconocimiento de los arrieros amigos de atajos que se las saben todas, incluso cómo buscarle la comba a la ley? Mejores razones hablan a favor del envío de un mensaje oficial en forma de regalo: la bienvenida a un dirigente firme y transparente, cuyo ascenso al poder se benefició con creces de los manejos de su antecesor. Para el fomento de las relaciones comerciales con Europa no bastan las campañas de imagen. Menos conviene regañar a los mandatarios de países desarrollados por su olvido de los enormes sacrificios de los colombianos en la lucha contra el narcotráfico. A buen entendedor pocas palabras. Respeto a la ley, la virtud suprema según Montesquieu, separación de poderes y combate contra la impunidad, son exigencias de sentido común cuya satisfacción es necesaria para ganar respetabilidad en el comercio internacional. El mundo ha cambiado. Las organizaciones civiles dedicadas a la defensa de los Derechos Humanos han ganado influencia en la política internacional. La globalización no sólo es económica; también es jurídica. Los progresos en administración de justicia y en el respeto al Estado de derecho no se alcanzan mediante estrategias mediáticas. Por fortuna en este tema Santos no es Uribe. Pero diecisiete mil muertes violentas al año desvirtúan cualquier balance positivo. La impunidad de los beneficiarios del matrimonio entre poder político, mafia y grupos armados es palmaria. Los gobiernos europeos saben de la situación. Han aprendido a tratar a quienes pretenden hacer pasar por resultados las meras buenas intenciones. Para ser tenidos en cuenta como un país respetable en el exterior, es necesario que aprendamos a respetarnos efectivamente en el interior. En otras palabras, que pasemos de la barbarie a la civilización. Para lograrlo hace falta mucho más que la retórica oficial.