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Por plebiscito se decidió en 1957 cerrar el sistema político para superar la violencia partidista.
60 años después de excluir del poder político a grupos diferentes a liberales y conservadores, de triunfar ayer el Sí en las urnas, se habrá incluido a rebeldes y sediciosos en la contienda política. Este paso de apertura inaugura una nueva etapa en Colombia que exige adoptar nuevas disposiciones y cambiar hábitos anacrónicos.
El primer cambio supone abrir la mente a otras ideas, por extrañas que parezcan. El desafío es grande. Por lo general, se confía más en lo conocido que en lo desconocido, siempre incierto y azaroso. Cómo sea la compatibilidad entre un partido de ideología marxista leninista y el sistema democrático es una pregunta abierta. Al naciente movimiento de exguerrilleros corresponderá convencer a los votantes sobre su noción de democracia y por qué ella no elimina la libertad sino la posibilita. Sobre los demás partidos y movimientos recae la responsabilidad de respetar el pluralismo político y de ser leales a las libertades de conciencia, expresión, opinión y organización política.
Aceptar el pluralismo político requiere una cierta disposición de ánimo, no muy común en la cultura irreflexiva y reactiva que habitamos. Supone una descentración de las propias convicciones para superar el narcisismo. La democracia inclusiva y pluralista presupone la flexibilidad mental y la actitud comprensiva propias de ciudadanías maduras, sosegadas, ponderadas. Quizá los horrores de la guerra hayan contribuido a desmontar radicalismos y resquebrajar dogmas. Nos hayan enseñado que quizá vale más la pena no tener la razón y respetar la vida que segar la existencia del que piensa diferente.
Un segundo cambio aún más difícil y trascendental será decirle adiós a la doble moral en el ejercicio de la política. Ni los partidos en el poder podrán persistir en el clientelismo ni el naciente movimiento en la combinación de formas de lucha si pretenden dirigir los destinos del país. Algo difícil cuando se cree que el ejercicio político supone maestría en el arte del engaño. Sin embargo, años de guerra y sufrimiento han calificado a la ciudadanía, ahora más crítica y sensible a la manipulación. El estatuto de garantías debe fortalecer la participación de la oposición en instancias de control para asegurar la publicidad y transparencia, consustanciales a la democracia deliberativa.
La exguerrilla de las Farc puede convertirse como nueva agrupación en una cuña importante para la mejoría de la democracia. Los signos son alentadores: entrega de menores de edad; solicitud de perdón por el dolor causado; destrucción de armamento; entrega de todos sus bienes y dineros para reparar a víctimas. Si el naciente movimiento es leal al orden constitucional y legal, pese a querer transformarlo ahora por vía democrática, pondrá contra la pared las prácticas politiqueras que alimentan la apatía y el desprecio de la política en extensos sectores de la población.
El principal reto que enfrentamos involucra el cambio de hábitos, creencias y deseos. Consiste en aprender a confiar, por difícil que parezca, en el otro, así piense diferente y diverja en sus concepciones del bien y de lo que constituye una vida significativa. Más de una década de confrontación armada ha minado nuestra capacidad de ser solidarios y generosos. El voto de confianza de ayer, estoy seguro, es un motivo de esperanza y un acto de explícita generosidad con las venideras generaciones que han ganado el derecho a vivir en un país que nunca más permita empuñar las armas para hacer valer sus posiciones. ¡Con compasión y generosidad construyamos el promisorio futuro!