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¿Cómo ser generosos con las FARC sin caer en sus brazos? ¿Cómo convivir con el “antagonista político” sin buscar su eliminación física?
Estos dos acertijos enfrentan las huestes de Santos y Uribe, pero trascienden a otros actores políticos y sociales. No parecerse tanto a su contradictor hasta terminar igualándose a él; tampoco terminar negándole su igual derecho a existir como visión de mundo y concepción social. ¿De qué manera lograr esta frágil posición que, de fortalecerse, podría brindar una oportunidad a la paz?
El hilo de Ariadna que nos libere de este laberinto empieza por reconocer nuestra dificultad para aceptar el pluralismo y la diversidad, traba propia de culturas dogmáticas, autoritarias y androcéntricas. La doble moral, generada en respuesta adaptativa a la imposición de normas ilegítimas, ahonda más que libera la hipoteca histórica que pesa sobre nuestros hombros (y en nuestras cabezas), esa mezcla de temor y temblor, de amenaza y culpa, con la que se acompaña la persecución de fines teológicos y políticos.
Una educación medianamente laica, positivista y pseudo ilustrada en el siglo XX ha permitido a la dirigencia criolla cultivar credos pragmáticos y dotes tecnocráticas, en su intento por salir del oscurantismo religioso, todo bajo el ropaje de la hipocresía. La filosofía utilitaria y modernizadora ha sido para algunos indispensable al desarrollo y a la inserción internacional, mientras para otros amenaza sus creencias, posesiones y pasiones. La fe ciega en el progreso material permite conciliar un liderazgo emancipador hacia fuera, conservando la rancia tradición en los corazones.
La revolución comunista es y seguirá siendo el mayor desafío. Ella también carga a cuestas el pasado violento, machista y fanático. Su radicalización materialista y su dialéctica histórica terminan invadidas (y distorsionadas) por el espíritu salvífico y liberador de inspiración cristiana. Es como si la religión lo hubiera pervertido todo, desde la ciencia hasta la revolución. Las estructuras jerárquicas y monolíticas, impulsadas por la fe de carbonero en el ideario marxista leninista, deberán encontrar su lugar bajo el sol y en la funcionalidad social, incluso mediante compromisos estratégicos con liberales de centro y conservadores pragmáticos.
Colombia del siglo XXI parece estar preparada para resolver sus dilemas. La partera de la historia, la violencia, en el decir de Marx, habría hecho su trabajo. Ahora vendría un reto mayor: construir una sociedad donde quepamos todos, pese a las diferencias ideológicas, filosóficas y religiosas. Las precarias modernización e institucionalización alcanzadas con la reforma constitucional de 1991 afrontan su mayor desafío en el anhelado postconflicto: lograr la igualdad real de oportunidades y la recuperación emocional de la población, superando el odio y el resentimiento, todo dentro de una cultura del respeto y la consideración debida al otro, pese a sus diferencias.
La buena voluntad y la honestidad intelectual serán indispensables en la recuperación del país. El final del laberinto está, no obstante, aún lejano: la devastación del medio ambiente, aceptada cual destino inevitable por utilitarios y comunistas, y la contemporanización con el clientelismo (léase “mermeladear”), amenazan diluir las verdaderas posibilidades de cambio. Ante tales barreras físicas y mentales es necesario perseverar en una alternativa social y democrática fiel a sus principios, sin las debilidades propias de castas políticas y devaneos autoritarios.