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Las crisis ofrecen oportunidades inesperadas.
Si la reunión entre los presidentes Santos y Maduro se concreta, como ojalá suceda, debe ser el inicio de un plan binacional de largo plazo para afrontar los extensos problemas que aquejan a las dos naciones: crimen, pobreza, desempleo. Los mandatarios, allende de su ideología política, deben situar como principio de oro el hecho de que se trata de un solo pueblo, el pueblo suramericano del norte. Es por ello que en la formulación del plan binacional de desarrollo a largo plazo debe incluirse la totalidad de la frontera, respetando las diferencias que van de La Guajira al Amazonas.
Si los dos gobiernos pretenden estar a la altura de las necesidades reales de sus pobladores, tendrían que desideologizar sus relaciones. Por supuesto, esta pretensión es utópica en este momento. Pero el desafío no es menor. Otra sumatoria de torpezas, que no es difícil por el nivel de corrupción de las fuerzas armadas legales e ilegales en la zona, puede agravar indeciblemente la situación y desencadenar una sumatoria de tragedias que lamentaremos por décadas. De nada vale trocar un conflicto interno por uno externo. En este escenario incluso el concurso de las Farc y el Eln son necesarios. ¿Cómo convivirán democráticamente luego de la desmovilización en países gobernados por ideologías contrapuestas?
Una luz al interrogante la ofrece Grecia. Las profundas diferencias ideológicas entre la izquierda y la troika europea se tramitan de manera democrática, sin recurrir a la violencia, pese a las penurias económicas de millones de jóvenes y ancianos. El tiempo de los nacionalismos ha caducado en un mundo interdependiente y necesitado de alternativas que asuman y domestiquen la complejidad. Ni el derrotismo de las armas ni la impolítica de escépticos y facilistas deben guiar la búsqueda de alternativas a los desafíos globales. El ejemplo alemán de acogida a miles de migrantes resulta en estos momentos aleccionador.
La cumbre Santos-Maduro debería ser el inicio de un trabajo mancomunado para transformar las difíciles condiciones de vida en la frontera en escenario de oportunidades para la integración cultural y económica. ¿Por qué es posible la cooperación en el ámbito educativo, donde los corredores humanitarios sí fueron asegurados en cuestión de días, y no lo es en otros ámbitos, como la seguridad alimentaria, la salud, el comercio bilateral o la lucha contra la corrupción? Salvo que se elija la peor opción de creer que a uno le irá mejor si al otro le va mal, la dolorosa situación de miles de desarraigados podría mover a la reconciliación y al trabajo solidario entre ambas naciones.
Contrabando, narcotráfico y bandas criminales son consecuencia de la falta de oportunidades, de cooperación e imaginación. Es necesario darle perspectiva histórica y económica al conflicto en la frontera. Académicos de ambos países pueden ser de gran apoyo para una diplomacia errática y unos presidentes mal aconsejados. Los problemas estructurales no se enfrentan con ventoleras jurídicas, que dañan y enrarecen el ambiente y nada contribuyen a combatir el sufrimiento de personas inocentes y ajenas a las veleidades de los poderosos. No faltan en este drama humano oportunistas que, prevalidos de su cuarto de hora en el poder, comercian con sangre sus sueños de pulgarcito. A ellos habría que pedirles menos teología política y más uso ilustrado de la razón.