Publicidad

Responsabilidad política

Rodolfo Arango
09 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Tiene razón el congresista Iván Cepeda al pedir la renuncia del presidente del Polo Democrático Alternativo, Jaime Dussán, y solicitar se convoque un congreso extraordinario para elegir nuevos cuadros directivos.

Otro tanto vale para la cúpula de los Verdes, que al aceptar el apoyo de Uribe y propiciar el retiro de Mockus dividió a sus seguidores y enturbió así las opciones políticas de los colombianos hacia el futuro. Consecuencia directa de la derrota en las urnas debe ser el retiro de la dirección del respectivo partido político y la posibilidad de que las bases en deliberación democrática barajen de nuevo. Mantenerse en el poder a espaldas de los resultados electorales transmite una sensación de arbitrariedad y desconexión con la tarea encomendada. Buena parte del desprestigio de los partidos en Colombia obedece a sus estructuras jerárquicas cerradas que no responden por sus ejecutorias y se presentan como entes intangibles, ajenos a la voluntad de sus representados.

La no responsabilidad política de los dirigentes es un signo de nuestro subdesarrollo republicano. La república, a diferencia de la monarquía, exige anteponer a los intereses personales del autócrata el bien general de la comunidad. El responder políticamente por el objeto de un encargo supone dar respuesta por las acciones y decisiones tomadas. No hacerlo manda un mensaje contradictorio que fortalece al que maniobra y resquebraja al colectivo. La democracia es un permanente proceso de ensayo y error en el que se forma y expresa la voluntad general. Cuando los líderes del proceso no facilitan la transmisión de ideas y emociones entre los ciudadanos y el poder político, la credibilidad en las instituciones desciende, dando fuerza al personalismo y a la improvisación.

El país se merece y necesita claras opciones ideológicas. Lustros de gobiernos sujetos al pragmatismo de los resultados en las urnas han envilecido al electorado. Expresión de ello es el llamado voto “útil”, el cual desplaza al voto por convicción, y la manipulación de los medios y empresas encuestadoras de bolsillo para favorecer a sus candidatos. Ya nadie reconoce la diferencia entre rojo y azul, entre verde y amarillo. Un amarillo pálido, casi blanco, emerge en el horizonte con pretensiones social-demócratas y se instala en el cómodo centro, lugar que reúne desde privatizadores de lo público hasta amantes de terceras vías, tendencia compartida por el actual presidente. Mientras tanto, las riquezas nacionales se ferian y los recursos naturales se entregan a manos llenas a inversionistas privados y extranjeros, en desmedro de la educación y el bienestar presente y futuro de generaciones de compatriotas.

En épocas de grandilocuencia, bonanza minera y ambición política, pocos hablan de cambios sociales estructurales. Mientras la protesta social y la defensa de derechos humanos se estigmatizan, impera la cultura de la delación, de la estrategia militar y de la muerte. No deberían ser los dirigentes de la izquierda democrática quienes impidieran la expresión de la otra Colombia, inconforme, contestataria y sufrida. Todavía existen colombianos que se entristecen al ver alejarse la solución negociada del conflicto interno. Sólo con propuestas sociales redistributivas y de verdadero cambio social será posible arribar a una paz duradera. Mientras en Colombia no exista la responsabilidad política no será posible abandonar el régimen autoritario en que vivimos para saludar a uno republicano basado en la libertad, la igualdad y la independencia de los ciudadanos.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido