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NUESTRA VIDA POLÍTICA DEPENDE de la dimensión de cosas que compartimos.
La reflexión es del filósofo alemán Hans Georg Gadamer, testigo longevo del turbulento siglo veinte. Formamos parte de una comunidad de destino, gozamos y sufrimos con lo que nos acontece colectivamente. Somos sensibles sobre todo a los crímenes. Nos perturban sus consecuencias, empobrecedoras de la vida y del mundo. Esto es más evidente cuando los actos atroces se vuelven públicos y suscitan el desasosiego general. Por eso los recientes crímenes contra niñas y niños en Tame nos cuestionan la viabilidad misma de la sociedad.
Nuestra vida política es ciertamente pobre. Pese a los clamores de justicia, debemos presenciar la comedia —con visos de tragedia— del proceso para la elección del Fiscal General de la Nación. Los altos magistrados se muestran impasibles a la indignación colectiva. La soberbia de algunos, los frágiles equilibrios políticos y las luchas de facciones rivales en las cúpulas del poder judicial, impiden que todas y todos nos reconozcamos como parte de un futuro común, digno y justo.
La impunidad reinante en el país y la incapacidad institucional para enfrentarla, favorecen a la delincuencia y la corrupción. No parece entender la Alta Corporación rectora de la justicia ordinaria que sus desacuerdos intestinos lesionan gravemente el anhelo colectivo de justicia. Nos veremos con el paso de los días avocados a un bloqueo institucional y al aumento de las voces que llaman a una constituyente para “resolver” el tema de la administración de justicia. Nada más inconveniente en momentos en que los cargos de corrupción afectan gobiernos nacionales y locales, presentes y pasados, y círculos de poder buscan un pacto de paz que les garantice seguir gozando de inmunidad.
De la nueva terna brilla de lejos Juan Carlos Esguerra, jurista honesto, inteligente, vertebral en sus posiciones. De la candidata Vivian Morales deseamos que tenga jurídicamente la plena capacidad laboral que la habilite para desempeñar tan trascendental encargo. Quien debería considerar seriamente la posibilidad de retirar su nombre es Carlos Gustavo Arrieta. Resulta inaudito que este ex procurador haya minimizado públicamente la gravedad de comprar votos con notarías para la reelección presidencial en el caso de la yidispolítica. ¿Se imaginan qué pasaría con la persecución de los crímenes si el máximo jefe del ente acusador fuese alguien que contemporiza con la corrupción y la politiquería?
El gigantesco desastre de la administración de justicia, que tan infelices e inseguros nos hace, no parece tener un santo ni un visionario en capacidad de diagnosticar y resolver nuestra falta colectiva de amor propio. Y esto en buena medida porque una administración de justicia necesita en su base de una comunidad menos artificial y artificiosa; de una comunidad solidaria que le duelan las violaciones de los derechos de los otros, no una que niegue y oculte “falsos positivos”, “chuzadas”, clientelismo político bajo el envoltorio de “subsidios” o asesinatos y violaciones vistos como “daños colaterales” de la guerra. En fin, una comunidad política que se alegre con el reconocimiento mutuo que reinstaura una cumplida justicia y se entristezca cuando cómplices directos o indirectos impiden restablecer el equilibrio roto por el crimen. Si no nos tomamos en serio la justicia interna, bienvenida sea la externa o internacional para que nos enseñe con algo de vergüenza una virtud tan esquiva.