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SE EQUIVOCA DE CABO A RABO LA mayoría de los empresarios del país al preferir la continuidad de las políticas uribistas en el nuevo contexto internacional.
Aunque pocos creen en la posibilidad de la aprobación del referendo reeleccionista, muchos de los cacaos colombianos se niegan a actualizar su visión de la política a pesar de los cambios. Prefieren un malo conocido que un bueno por conocer. Amparados en la intención de voto de las masas, están dispuestos a correr los riesgos de estancar al país para apoyar políticas regresivas. Hoy el TLC está embolatado por el irrespeto generalizado a los derechos de los trabajadores; los recursos del Plan Colombia han sido recortados por la violación oficial y para-oficial de los derechos humanos; el desempleo y la desigualdad crecen; el poder adquisitivo del peso va en picada; todo en un contexto donde la recesión mundial amenaza con poner la economía nacional en la nevera, pese a la cacareada buena posición del país ante la crisis mundial.
Buena parte del atraso de la imaginación política empresarial obedece a su escepticismo respecto a una posible democratización de la sociedad colombiana. Al escepticismo se suma el miedo a las transformaciones sociales: los estudiantes —esos inconformes con futuro– son tildados de revoltosos y los indígenas de idiotas útiles de la guerrilla. Más fácil que reinventarse las condiciones para que el país logre la paz mediante la profundización de los mecanismos de inclusión y de integración social, resulta a empresarios y militares construir teorías sobre las nuevas formas de lucha del “enemigo”: urbanización del conflicto, penetración de marchas y universidades, amenaza comunista del Polo. De la mano de economistas pragmáticos y positivistas, los beneficiarios del actual estado de cosas no dudan en llevar al país por una senda de miseria y degradación social.
Hace años escuché de boca de un influyente empresario que al pueblo hay que mantenerlo bruto porque si no se subleva. Esta sarcástica convicción sigue siendo la de muchos directivos empresariales. El desprecio hacia las clases populares; la complacencia con la demagogia y con el populismo presidencial mientras se reparten puestos en entidades públicas y el servicio exterior; la deficiente calidad de la educación, salvo contadas y honrosas excepciones; la corrupción rampante en la justicia; todos son factores que obstaculizan el cambio e impiden políticas verdaderamente transformadoras de nuestra realidad, donde el reconocimiento de la diferencia y la justa distribución tengan un lugar bajo el sol.
El país necesita un cambio (no propiamente a Cambio Radical). Un cambio en el que se institucionalicen los derechos humanos en barrios, batallones, colegios y universidades. Un cambio hacia una democracia social, deliberativa e inclusiva, donde la libertad, entendida como no dominación, permita una creciente participación política de todos los sectores y grupos sociales. La desconexión entre economía y ética, entre negocios y solidaridad, entre acumulación material y reconocimiento político, puede y debe ser sustituida por políticas de transformación social no incompatibles con el crecimiento económico. Políticas en las que el dinero y el poder burocrático estén efectivamente subordinados a los valores del humanismo y de la emancipación social. Es tiempo de prepararse para la posguerra. El país necesita “la audacia de la esperanza”. Que no le pase lo narrado en el cuento más corto de la historia: ¡Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí!