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Mateo, Margarita y los dos de Cereté

Rodrigo Lara
08 de febrero de 2011 – 10:00 p. m.

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LA MUERTE DE MATEO MATAMALA y Margarita Gómez nos dolió a muchos. Fácilmente nos familiarizamos con ellos, con su entorno, con su hogar.

Los medios de comunicación nos contaron cómo eran Mateo y Margarita; leímos historias tristes de una pareja que “amaba la naturaleza y a la gente”, como dijo el papá de Mateo. Los testimonios de dolor de sus padres y amigos nos metieron en el pellejo de dos familias destrozadas. La información que recibimos nos tocó el sentimiento, y la reacción del país y del gobierno fue de profundo repudio.

En Cereté asesinaron a dos estudiantes del Sena. De ellos no conocemos sus nombres, no sabemos cómo eran, ni leímos los testimonios de dolor de sus amigos y padres y tampoco vimos llorarlos. Este asesinato no tocó las fibras de la Nación porque no hubo historias tristes de estos jóvenes en los medios. En este caso no participó el sentimiento de los colombianos, sólo la razón necesaria para constatar dos asesinatos más en la estadística de la violencia.

¿Cómo explicar sentimientos diferentes ante hechos iguales en una misma Nación?

Podríamos pensar que en Colombia coexisten varias realidades y que en el país urbano y educado muchos se dicen a sí mismos —inconfesablemente— que así ha sido siempre en esas regiones apartadas, con lo cual se sugiere que, a diferencia de quienes vivimos en esta realidad, allá esas gentes están acostumbradas a ser expoliadas o asesinadas. Como un efecto espejo, lo mismo deben pensar de nosotros en los países ricos cuando escuchan con indiferencia sobre la monstruosa violencia que hemos sufrido los colombianos.

No creo que los colombianos seamos unos egoístas insensibles, pero lo que sí es cierto es que nuestras reacciones frente a ciertos casos de violencia son diferentes. Sobre este tipo de encrucijadas morales, el filósofo Richard Rorty trae respuestas interesantes, al preguntarse si en esta época los derechos humanos son un asunto de racionalidad o de sentimentalidad.

Para Rorty, la difusión de la cultura de los derechos humanos responde mucho más a un “progreso de los sentimientos” que a entender o recitar un catálogo de derechos humanos. Hoy nadie pone en entredicho que todos somos por igual titulares de derechos.

La educación sentimental, según Rorty, es la manipulación de los sentimientos y se logra con historias tristes o relatos de tragedias que viven los demás. Es mostrarles a unos el sufrimiento de otros. De esta forma, se familiariza a personas de distintas clases o pertenencias, de suerte que estén menos tentadas a pensar en los otros como cuasihumanos o una simple estadística de la morgue. El propósito es ensanchar la referencia de los términos “nuestra clase de gente”, “gente como nosotros” o el odioso “gente bien”.

Si el cubrimiento periodístico de los asesinatos de Cereté hubiera tenido el mismo despliegue de historias tristes que hubo en el caso de Margarita y Mateo, y hubiéramos conocido el amor paterno, el dolor de sus amigos o la vida de estos jóvenes, de pronto el país habría reaccionado con más indignación. Tal vez lo que hace falta en Colombia es ponernos en el pellejo de las víctimas para ver más semejanzas que diferencias entre nosotros, y para que quienes opinamos y los que gobiernan podamos sentir más dolor por la muerte de extraños.

@rodrigo_lara_

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