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El rezago de Europa en el mundo globalizado y la crisis de su deuda nos enseñan, a pesar de las diferencias, dos lecciones que vale la pena resaltar.
La primera lección de la crisis europea consiste en que los países no pueden negarse a sí mismos su propia realidad. Los franceses, por ejemplo, llevan 20 años sin mirarse al espejo y aceptar el progresivo declive de su economía, lo que ha retrasado reformas a su mercado laboral y al peso asfixiante del Estado en su economía.
Los españoles se embriagaron con el impulso económico que recibieron al integrar la Unión Europea y desfiguraron la realidad. El crecimiento de sus economías en los últimos 25 años se explicó en gran parte por la inversión de fondos europeos en la infraestructura y la irracionalidad del crédito inmobiliario; se creyeron el cuento de ser casi tan ricos como los alemanes en tan poco tiempo, se llenaron de un optimismo exuberante y crearon una burbuja irracional de créditos inmobiliarios que estalló y los retrocedió a esa dura realidad de desempleo e insolvencia que vivieron hasta principios de los años ochenta.
Creernos un cuento parecido al de los españoles puede ser un riesgo para Colombia. Preocupa el excesivo optimismo en la economía, que creo natural en un país que sale de años de crisis de fe en sí mismo. Sin duda el país ha sabido aprovechar la bonanza mundial de los commodities gracias a políticas de estabilidad y seguridad acertadas. Pero llegará el momento del final del ciclo de los commodities, como ya le pasó a este continente a finales de los setenta. El peligro de creerse un cuento es que nos ciega, nos lleva a un optimismo desbordado en nuestros ingresos futuros y, por consiguiente, a endeudarnos demasiado y a desechar los problemas latentes de nuestra economía.
La crisis europea también obedece a su aguda desindustrialización. Europa hoy se especializó en economías de servicios de bajo valor agregado. Excepto Alemania, el tejido industrial europeo se ha venido estrechando a unos cuantos grupos de talla mundial cada vez menos intensivos en mano de obra; hoy, el país galo efectúa el 3,5% de los intercambios económicos del mundo contra 18% en 1990. Para no tomar remedios políticamente costosos, se les ocurrió controlar la inflación para solucionar las presiones alcistas de los costos laborales y depender del crédito para financiar el ahora impagable estado de bienestar. El precio de estas políticas es que tomaron conciencia de una dura realidad.
Colombia está en una senda de desindustrialización: el peso de la manufactura en el valor agregado del PIB era de 21,2% en 1970 contra 15,5% en 2001, según un estudio de Juan José Echavarría y Mauricio Villegas. Enfrentamos un TLC con un dólar deliberadamente devaluado y, por otro lado, la debilidad del yuan es la herramienta con la que China se industrializa, se llena de reservas y se convierte poco a poco en el gran acreedor del mundo. Aquí seguimos con cargas parafiscales a la europea, con una moneda robusta a la alemana y con una competividad a la española.