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Continuando con la controversia entre parlamentarismo y presidencialismo —que a veces pienso es más un divertimento— es menester abordar las sutilezas del sistema semipresidencial, para algunos una alternativa a los problemas de gobernabilidad en América Latina.
El sistema semipresidencial es a priori atractivo, por cuanto combina presidencialismo con parlamentarismo. Es una figura híbrida. Por un lado, el pueblo elige a su presidente, y por otro lado, el parlamento elige su gobierno de primer ministro. Pareciera un sistema “justo” por el solo hecho de ser una alternativa de compromiso, más que de consenso, entre dos puntos de vista discordantes…
Se trata entonces de un ejecutivo dual, con dos cabezas responsables, en donde cada una puede prevalerse de una legitimidad fuerte.
Como consecuencia lógica de esta dualidad, las competencias de gobierno, lo que aquí conocemos como las facultades del presidente, se reparten entre los dos representantes del ejecutivo. Cuando el presidente coincide políticamente con las mayorías parlamentarias, y por consiguiente con su primer ministro, los asuntos de gobierno fluyen. Sin embargo, cuando el presidente debe compartir gobierno con un primer ministro de un partido rival, cuando se presenta lo que llaman en Francia cohabitación, hay troya.
Supongamos el escenario francés de cohabitación en Colombia. En asuntos de defensa el presidente sería el comandante de las fuerzas armadas; pero el primer ministro, oriundo de la oposición, dispondría de las fuerzas armadas como responsable de la defensa de la soberanía. En materia de relaciones internacionales, el presidente firmaría los tratados internacionales, pero su negociación estaría a cargo del gobierno opositor. Los asuntos de integración regional también estarían a cargo del gobierno del primer ministro, aun cuando el presidente representaría al país en las cumbres de jefes de estado. En asuntos internos el primer ministro contaría con el casi monopolio de las atribuciones administrativas, pero, ¿cómo administrar desconociendo el liderazgo político de un presidente? ¿Cómo sería la repartición de los puestos y contratos de prestación de servicios entre contrarios en un país sin carrera administrativa seria?
Al presidencialismo se le critica por tratarse de un matrimonio indisoluble entre ejecutivo y legislativo. En el semipresidencialismo la situación es más crítica, porque los bloqueos y la pugnacidad política se trasladan al ejecutivo. Un ejecutivo de unidad de contrarios, que actúan como hermanos siameses enemigos, que se hacen zancadillas, pero en principio obligados a ponerse de acuerdo en el ejercicio de gobierno.
Sacrificar un ejecutivo coherente como el que nos rige, por mejorar las relaciones entre ejecutivo y legislativo, tal vez no sea una muy buena idea. En Colombia el ejecutivo ha sido el llamado a enfrentar una criminalidad agresiva con fuertes entronques en la política. Dividirlo y someter la acción de gobierno a las rivalidades políticas, podría ser un fatal desbarajuste para nuestra aún débil institucionalidad.