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Sobre Peñalosa, la Cinemateca, dotorados y delfines.
He leído con tristeza en días recientes que el edificio aún no construido de la nueva Cinemateca Distrital, se cae. De nuevo. Como siempre. Países como México construyeron buena parte de su identidad con el cine, y una meca de su ocio y goce fue desde siempre la hermosa Cineteca Nacional. La primera, y la segunda, después del incendio.
Participé con cartas y picardía en los documentos que se preparaban para que las reuniones con el gobierno de turno, dieran finalmente un sí, a un espacio para la intimidad, para la soledad y la comunión con la cultura. Pero no era cierto el sueño: la Cinemateca, otra vez, se nos cae. Parece una tontería haber creído que un lugar para combatir con carácter la ignorancia iba a ser cierto. Un lugar donde untarse del Pasado, como cualquier pieza cinematográfica, de cualquier duración, es. Imposible que una ciudad como Bogotá no tuviera un lugar digno para el cine, pero más imposible aún, la verdad, es que lo tuviera. Tonto uno que cree mil veces.
Los poderosos “jóvenes” heredan los puestos de sus padres, familiares, tíos, o amigos cercanos. Allí, en este proceso de herencia del Poder, poco importa el talento o la vocación, como sí la seguridad de darse una vida cómoda, sin afanes, en el mundo pero lejos del mundanal ruido, donde la realidad no espante: pero sobre todo, donde hay una peste difícil de identificar pero raíz de muchos de nuestros problemas: la falta de curiosidad. De políticos, dirigentes y de los grandes medios y “líderes” de opinión. La falta de preguntas sobre la vida del otro. Cuando alguien como el hijo de un político poderoso, es criado en paraísos artificiales de altos muros, choferes, donde el transporte público no existe, donde no existe la cultura, donde el dolor se evita a toda costa, cómo vamos a querer poder tener un puente real entre nuestros problemas y preguntas, y sus “trabajos” y respuestas. No digo que sea el caso de todos. Grandes rebeldes de sus poderosas o ricas familias han hecho inmensas cosas en el arte, en la ciencia, en la sociedad, etc.
Pero este es el país de los delfines atrofiados. La gran mayoría vergonzosos y vergonzantes. Basta leer la ingenuidad con la que escribe Luis Carlos Vélez en este mismo medio defendiendo “mi libertad de prensa”, como si fuera una posesión de su exclusividad, confundiendo a sus lectores como siempre, como un niñito malcriado, tratando de justificar su acoso a un líder de una marcha social que simplemente le pedía no untar de porquería a una gente que caminaba limpia. Pero igual que perseguía rateritos en su noticiero en lugar de los grandes atracadores del tesoro público, prefirió enzarzarse en una pelea desigual de “tu a tu”, sabiendo que heredó de su papi y sus amigos el poder de los megáfonos, y que basta gritar con alharaca una mentira para que quede impregnada en el aire de la verdad que hacen circular la farándula y el poder criollo.
Vea usted a Simoncito Gaviria que tiene el poder de firmar sin leer, heredando como por ósmosis las viejas mañas, y hasta papada de político viejo. Enredadores amantes del poder, simplemente adictos a los mecanismos de una casta. Cómo se le puede pedir consciencia a gente que jamás tuvo la oportunidad de acercarse al mundo real, ni curiosidad por la cultura y por la sangre que circula en una sociedad, en un pueblo. Cómo se explica uno entonces que cada tanto un Santos, o que los Pastrana hijo y padre, hayan estado en la presidencia: como si no hubiera más hombres.
Es que el vulgo también hereda la devoción por los “preparados”. Esa gente que viaja y trae un título cualquiera, mientras tenga un sello en el pasaporte ya va dejando boquiabierto a quien necesite. Todos ellos van a Harvard, o a las casitas/institutos vecinos, a gastar la pólvora de su juventud, bien preparados, y volver a la finca a visitar a los mayordomos y sus hijos. Por eso un tipo como Peñalosa, negociante político, hijo de negociante y político, puede intentarlo tantas veces. Sus amigos, los que lo alzaban de niño, sus ahora patrocinadores, lo necesitan ahí. Se necesita a alguien tan arrogante como para no responder por una mentira académica que le ha dado privilegios, salarios, cargos públicos, por más de 30 años de sostenerla. No en una paginita web, sino en las solapas de sus libros, en las presentaciones en voz alta ante el auditorio de turno. Miente por arriba y por abajo porque también se ufana de haber tenido que lavar platos y pisos en Estados Unidos para “pagar sus estudios”, eso sí, sin contar jamás que su papá era el embajador de Colombia ante Naciones Unidas mientras tanto. No era un ningún huerfanito luchando por enviar remesas a Colombia. No fue ni siquiera un estudiante que se deja la vida en un doctorado, como tantos, y que queda endeudado de por vida, porque ni doctorado estudiaba.
Tienen que conquistar por lo alto y por lo bajo, con mentiras. Con el doctorado se conquista a los dotores, y contando que lavaba el piso o abrazando a una traicionada vendedora ambulante conquista a los de abajo. El juego de siempre; la ignorancia de una vida aislado de la realidad, de la pura y dura y hermosa Vida. Y no responde: confía en nuestra desmemoria con su desfachatada risa. En cualquier país se exigiría su renuncia pues está manejando una ciudad, tiene un cargo y un encargo, al que llegó por méritos que no tenía, que fingía. Por eso sin el menor reparo es capaz de desenterrar la tragedia de Rosa Elvira Celi (porque un líder responde por sus subalternos) y empalarla, de nuevo, burlándose de ella, de su dolor, empalando el alma de una familia. Un concepto que no podía salir en nombre del Distrito sin que fuera supervisado por el alcalde, y al que otro delfín de la rama Turbay, también ignoró sin reparo. Por no saber del dolor de otros, fue que creyó que tumbando las casas de los indigentes el dolor de su vida estaba erradicado, y la molestia de su presencia en las nuestras, curada. El dolor de otros también es patrimonio público, y si algo desprecia un niño rico bien educado como Peñalosa, es lo público, y hay que ponerlo en venta.
Por no tener noticias del mundo real hacen ciudades donde solo se construyen casas y oficinas, para que la gente vaya con su salario del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, y tenga con qué medioalimentarse para tener energía para trabajar; para trabajarle a otros. Sin alimento siquiera para la cabeza, para el alma. Sin buen aire, porque ante la falta de guacamayas y micos todo es pavimentable
Hoy me dijo un maestro: “mi única causa es el cine”, aludiendo a que el problema con la Cinemateca no se volviera una pugna de clanes políticos. Pero qué causa no es del cine, si el cine tiene todos los temas posibles, todas las visiones: será por eso que le temen, que quieren enterrar de nuevo la Cinemateca: una que estaba ya lista para ser construida por que más vale destruir lo que haya hecho el anterior delfín de turno, que concretar las obras y misiones que garanticen la dignidad, el conocimiento, la posibilidad de una vida integral, donde la cultura y el arte se reconozcan factores determinantes de un Pueblo. Crecen las casas, los edificios, los centros comerciales, sin parques, sin ríos, sin teatros que los dividan. Esta vida oficial de hormiga a la que se somete a buena parte de la población. Ellos solo saben tener, ansiar, ambicionar, fue lo que aprendieron: como no saben soñar necesitan prohibir los sueños, les temen, los acorralan, los acobardan.