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La crisis que se inició en Estados Unidos en el verano de 2007, y su extensión a Europa en los años siguientes, es la más profunda experimentada por la economía global desde la Segunda Guerra Mundial.
El comercio global se contrajo 20% en 2009, y en algunos casos (España, Grecia, Islandia e Irlanda) se registraron las contracciones de actividad económica más grandes que se han registrado desde que se elaboran sus cuentas nacionales.
En un ensayo reciente, Carmen Reinhart establece la secuencia que tienen en común las crisis que se desataron durante el siglo XX y lo que va del siglo XXI. Todas tuvieron que ver con una combinación de dinero fácil que condujo a excesos crediticios para alimentar innovaciones financieras o nuevas industrias. Todas fueron acompañadas de relajamiento regulatorio, resultado de expectativas optimistas y del poder del sistema financiero sobre los legisladores.
Las crisis bancarias que siguieron, cuando los rendimientos esperados fueron menores a los esperados, se contagiaron a las finanzas públicas por la vía de un colapso de la actividad económica, del recaudo tributario en especial y del rescate de los bancos privados, aunque este corrió más por cuenta del financiamiento del banco central, que es el prestamista de última instancia del sistema financiero.
Los auges coincidieron con aperturas financieras que aumentaron el crédito doméstico y permitieron una gran expansión de la deuda privada y pública. La llegada de capital externo dio lugar a un aumento del precio de los activos (acciones y finca raíz) y a un aumento del crecimiento económico. El caso más extremo fue el de Islandia, que pasó de registrar una deuda sobre su PIB de 90% en el año 2000 a 900% en 2009. Muchos de estos créditos no se pudieron pagar cuando estallaron crisis bancarias que se contagiaron al resto de la economía. Escribiendo sobre la crisis chilena de 1982, Carlos Díaz Alejandro tituló un artículo canónico “Adiós represión financiera. Hola crisis financiera”. Los economistas ortodoxos hacían campaña entonces a favor de la liberación financiera, argumentando que la represión de la banca conducía a crecimientos bajos de la economía.
Las crisis se solventan por lo general con políticas monetarias y fiscales laxas, con la licuación de las deudas por inflación o por su peluqueada o reestructuración, depreciación de sus monedas, y tardan en promedio 5 años en recuperarse. Como esta crisis fue excepcionalmente fuerte, el período de restauración será seguramente mayor.
Los efectos de la crisis sobre las periferias, aun en los casos en que éstas no hayan sufrido contagio, como la del presente, son la apreciación de sus monedas y la llegada de enormes montos de capital que valorizan sus activos, efectos que son contradictorios: la primera es contractiva de la actividad económica y la segunda es expansiva, al financiar el consumo y la inversión.
En una columna anterior, critiqué al Banco de la República por no ponerle trabas a la entrada de capital que está produciendo efectos que son nocivos para el crecimiento y que pueden incubar una nueva crisis financiera. Lo cierto es que no es del resorte del banco central sino del ministro de Hacienda regular las inversiones extranjeras, así que está bajo su entera responsabilidad salvaguardar la economía nacional de los peores efectos que pueda tener el flujo irrestricto de capital sobre ella.