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En la literatura económica anglosajona se solía medir negativamente las instituciones de los países en desarrollo, asociadas a corrupción, amiguismo y dictaduras, por comparación con las democracias virtuosas del norte.
El patrón de medida se comenzó a resquebrajar con la larga permanencia en el poder del Partido Republicano de Estados Unidos, que la aprovechó para burlar la separación de poderes y poner el sistema político al servicio directo de grandes corporaciones y bancos.
Ronald Reagan (1981-1989) la emprendió contra las políticas progresistas que habían mantenido a Estados Unidos próspero y con una baja desigualdad, gracias al poder que desplegaban los sindicatos de trabajadores y la clase media. El nuevo consenso fue el de reducir impuestos a los ricos e incluyó a las dos administraciones Clinton, que mantuvo en pie las políticas conservadoras, recurriendo a banqueros para posiciones claves de política económica, y Alan Greenspan manejó mal el Banco de la Reserva Federal. El nepotismo se volvió admisible con los Bush, que nombraron compinches incompetentes en posiciones claves que propiciaron la invasión de Irak y disminuyeron subsidios para los pobres. El Partido Demócrata obviamente no escapó del nepotismo, al permitir que su candidatura contra Trump la ocupara Hillary Clinton. Los republicanos se apoyaron en un radicalismo nativista que amarró las manos de varias administraciones demócratas, especialmente las de Obama. El sectarismo infectó el debate público con el rechazo a la ciencia, la defensa del creacionismo y la superstición.
Estas tendencias se consolidan con Trump. Éste aprovechó la rabia del electorado contra los políticos tradicionales para radicalizar su discurso y sus acciones. Los inmigrantes y la competencia comercial de China y México sirvieron para denunciar la enmiseración de sus desempleados y de los trabajadores, quienes están convencidos de que él va a salvarlos, algo improbable pues la desindustrialización norteamericana comenzó hace 70 años por muchas razones: salarios, productividad, macroeconomía, calidad, entre otros.
Fuente: The Economist
La admiración de Trump por el dictador ruso Vladimir Putin, quien le ayudó a ganar la elección, o por el presidente de Filipinas, que se precia de asesinar sospechosos de narcotráfico, se acompaña del matoneo a sus oponentes y escoger unas cuantas empresas para avergonzarlas y simular que protege el trabajo de la clase obrera blanca que votó por él. Las acciones de estas empresas suben o bajan, según le simpaticen o no. No ha nombrado a ningún funcionario competente en sus ministerios sino a amigotes billonarios que van a utilizar sus posiciones para enriquecerse más. Su plan económico es descabellado: bajar impuestos e invertir mucho en la decrépita infraestructura que los republicanos dejaron caer.
La expectativas sobre sus políticas proteccionistas le están causando daño a México, cuya moneda se ha devaluado un 50 %. Aunque liquidar el Nafta con México y Canadá puede deteriorar seriamente a la economía norteamericana, no es de descartar que la intemperancia, irresponsabilidad e ignorancia de Trump conduzcan a esta decisión, a lo cual se agrega el hecho de que puede hacerlo por orden ejecutiva, sin requerir del Congreso para su aprobación. Los chinos, entretanto, aprestan retaliaciones contra las empresas norteamericanas que atienden el gran mercado asiático, si atenta contra ellos. Se vienen tiempos difíciles.