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El elusivo desarrollo económico

Salomón Kalmanovitz
09 de septiembre de 2012 – 06:00 p. m.

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En el documental ‘Cinco impulsos para el desarrollo económico de Colombia’, José Antonio Ocampo afirma que el peor daño que le hace el clientelismo a un país es que impide que exista un servicio civil y, por lo tanto, un buen Estado.

Roberto Steiner anota que si le dan a escoger entre clientelismo y populismo, él se queda con el primero: prefiere contar con los equilibrios macroeconómicos que se pierden con los gobiernos que interpelan al pueblo. Al respecto, Marco Palacios ha argumentado que la falta de participación popular ha propiciado el surgimiento de movimientos insurgentes que sienten no tener cabida en la política nacional.

En Colombia algunos ministerios e institutos económicos cuentan con una burocracia capacitada y relativamente estable; sin embargo, el grueso de la gestión pública y judicial, el servicio diplomático mismo, son capturados por los partidos que apoyan al Gobierno y que los llenan de personal incompetente, que los consideran como un botín y no como servicios que deben prestarse con esmero. La reelección permitió que la extrema derecha empacara todas las cortes, quién sabe hasta cuándo.

Con la Constitución de 1991 se abrió el campo para que el sector privado pudiera operar servicios públicos y para que se contrataran las obras públicas con empresas y consorcios. Se esperaba que se frenara la politización que tenía quebradas a la mayoría de las empresas de energía, de recolección de basuras y acueductos y que se construyera la infraestructura que tanto necesitaba el país. También se abrió el sistema político para que pudieran participar los grupos insurgentes que acordaron dejar las armas; floreció entonces la vida municipal. Todo se hizo, sin embargo, dentro de las reglas del clientelismo.

Los resultados cinco lustros después son mixtos: el sector eléctrico y del gas domiciliarios combinaron adecuadamente operarios públicos y privados, regidos por una comisión de regulación independiente, que han permitido un desarrollo ordenado del sector energético; por el contrario, la construcción de carreteras ha sido un fracaso rotundo porque los contratistas financiaron a los políticos clientelistas y pudieron disponer de recursos públicos que apropiaron o dilapidaron. La minería salvaje, sin regulación alguna, es otra consecuencia de la carencia de una burocracia competente e inmune a la corrupción. La parapolítica pudo también capturar cuantiosos recursos públicos. El acendrado clientelismo colombiano descarriló la construcción de obras públicas y la locomotora de la minería.

En la política los movimientos de izquierda e independientes se fueron descomponiendo al combinarse con políticos y prácticas clientelistas. Algunos de sus integrantes se lucraron del sistema, tal como lo hacía el resto de partidos, y se dejaron invadir por la corrupción. Los independientes, por su parte, han logrado consolidar algunas posiciones regionales, pero no pudieron desarrollar un movimiento nacional. El sistema político se viene cerrando con requisitos cada vez mayores para la oposición. Los medios de comunicación reflejan un creciente oligopolio de la información.

Frente a una nueva negociación con la insurgencia sería bueno poner sobre la mesa estos temas fundamentales: abrir la competencia política con reglas justas y comenzar a construir un buen Estado, basado en un servicio civil independiente de los partidos e inmune a la corrupción.

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