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La forma como se fija el precio de la gasolina en Colombia es oscura.
Su determinante fundamental es el precio internacional del crudo. El precio del petróleo viene cayendo por la crisis económica internacional, la recuperación de la producción en Irak y Libia y el menor riesgo asociado con Irán. Se trata entonces de una nueva realidad.
El reajuste de junio a la gasolina fue una reducción del 1,75%, cuando el precio internacional había caído 25% entre el 1º de abril y el 1º de junio (de 105 dólares el barril a 83 dólares). Con el crudo a US$83, el precio de la gasolina debía ser de $6.675. El promedio de dos meses que utiliza el Gobierno contabilizó una caída del 7,6%, o sea que el galón de gasolina ha debido reducirse $676 y no los desdeñables $155 que entraron a operar en junio.
Entre los componentes del precio de la gasolina, los impuestos equivalen a 40%, lo cual está bien. Un recurso no renovable debe ser cuidado y encarecido, pero tampoco se puede jugar con los bolsillos del transportista y del consumidor. Esos impuestos debían servir para mantener la malla vial de las ciudades y la de carreteras, pero de eso tenemos bien poco. La sobretasa del 20% del precio final que reciben los municipios debe invertirse en reparar las calles que hoy parecen campos de batalla.
Hay elementos dentro de la estructura del precio que no tienen justificación alguna: los costos de transporte entre el Golfo de México y Cartagena son inexistentes pues el crudo se extrae en el país, a lo que se agrega el transporte entre Cartagena y el interior, cuando la gasolina se refina en Barrancabermeja. Otro elemento importante es el sobreprecio que le paga Ecopetrol a los productores de etanol que se le mezcla a la gasolina y que es el 8% de su volumen.
La fórmula del precio del etanol es muy compleja, pero coincidía sistemáticamente con el precio interno de la gasolina. Hasta hace un mes era de $8.900 el galón, pero hoy se le está pagando $8.238, con lo cual el precio de la gasolina pudo reducirse en $53. El precio internacional del etanol es, sin embargo, de $5.500 por galón en Texas y de $4.570 en São Paulo. Ese es otro negocio cuya rentabilidad depende de una firmita mensual del ministro de obras que ya lleva varios años favoreciendo la industria contra los consumidores.
A diferencia de la gasolina, el etanol es un combustible renovable cuyo precio debe depender de su costo de producción más una ganancia razonable. Está bien que se le den incentivos a los ingenios para hacer las inversiones en las plantas productoras de etanol, pero su precio interno no tiene por qué duplicar el que pagaría el país si decidiera importarlo; eventualmente, los ingenios debieran estar sometidos a la competencia.
La industria del azúcar es conocida por subir el precio interno cuando los precios internacionales están altos y vuelve a subirlo cuando estos se reducen, como para compensar. Ojalá que el Gobierno no salga con la misma filosofía de subir el precio de la gasolina cuando el precio internacional se trepa, pero no reducirlo cuando cae.
Con petróleo a US$80, la empresa estatal sigue siendo rentable; sin embargo, se reduce la ganancia ocasional de las finanzas públicas por la vía de los dividendos que le paga Ecopetrol y de los impuestos asociados al mayor precio. Por eso el Gobierno no debe depender de la renta petrolera sino de los impuestos que pagamos todos.