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Ricardo Rocha ha elaborado para la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc) un exhaustivo estudio sobre las dimensiones actuales del narcotráfico en Colombia.
El trabajo muestra cómo el negocio en el país ha conocido un deterioro de los precios de la cocaína en las calles de Estados Unidos por una reducción del consumo, la liquidación de los grandes carteles locales y, en consecuencia, un traslado de la distribución mayorista a favor de los carteles mexicanos. Colombia ha quedado con el cultivo y la producción de la base y de la cocaína, restringiendo los ingresos de todos los que participan en la cadena, sobre todo si se compara con la época “dorada” de los años ochenta.
La oferta global de la droga ha tenido que aumentar para enfrentar un incremento notable de los decomisos, de tal modo que la rentabilidad, que antes era monumental, se ha venido reduciendo, pero no hasta el punto de impedir la reproducción de la actividad. Por regiones, los cultivos se han trasladado de Caquetá y Guaviare hacia Cauca, Nariño, Chocó y Norte de Santander. En el año 2000, el área en coca en Colombia era de unas 160.000 hectáreas, para reducirse a 120.000, según los datos de los norteamericanos, y a 68.000 por el sistema nacional de monitoreo de los cultivos de coca. A pesar de todo, Colombia continúa siendo el mayor proveedor de cocaína en el mundo.
En la producción de la cocaína dentro del territorio nacional, antes de ser vendida al exterior, Rocha estima que ha pasado de 1,4% del PIB en 2002 a 0,35% del PIB en 2009. Otros estudios, como el de Mejía y Rico, calculan el valor en 0,7% del PIB para el mismo año. Este valor se incrementa con las llamadas utilidades repatriables en 0,2% del PIB, según Rocha “por la caída en la producción exportable de cocaína, la reducción del área cosechada, el aumento de las incautaciones y la menor participación en el mercado mayorista” (p. 91). En la era Escobar, en 1987, las utilidades se estimaban en más de 6% del PIB. Entre 1999 y 2004, las utilidades repatriables eran del orden de 1,8% del PIB y un 0,2% para 2009, un deterioro de casi el 90% en cinco años, lo cual me parece difícil de creer porque los cambios en los procesos económicos, incluyendo al negocio del narcotráfico, no son por lo general tan drásticos. La suma de la producción interna y la colocación de la droga en Centro América y México le da a Rocha sólo un 0,5% del PIB en 2009, equivalentes a $2,5 billones y una remuneración al capital negativa.
Un cambio importante es el fracaso del cultivo de la amapola que enfrentaba condiciones climáticas adversas y el hecho de que la región andina, donde podía cultivarse, estaba integrada a la economía nacional, de tal modo que era difícil para las mafias y los grupos armados ilegales proteger el negocio de la heroína. En las modalidades de lavado de los dólares que reciben los narcos fuera del país, Rocha plantea que la avenida principal sigue siendo el contrabando de importaciones.
La tendencia a la reducción del negocio es indudable y contribuye a explicar el recurso a otras actividades por parte de paramilitares e insurgencia, como la minería ilegal, la extorsión de la población y el cultivo de la palma africana. Pero el narcotráfico todavía da lugar a un monto de recursos muy cuantiosos que van a seguir financiando a los ejércitos irregulares, alimentando la criminalidad y la barbarie a que nos tiene sometidos ya por 40 años.