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Crucifijos, sotanas

Santiago Gamboa
02 de julio de 2010 – 10:03 p. m.

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EUROPA CONTINÚA LA VIEJA DIScusión que vincula o separa tres de los pilares de su cultura: la religión, el Estado y la educación.

La Corte de Estrasburgo discute estos días la apelación de Italia contra una sentencia del 2009, de la Corte Europea de Derechos Humanos, que la condena por obligar a los colegios estatales a tener en sus aulas un crucifijo, un crucifijo grande, que pueda verse desde cualquier ángulo. Ocho países de Europa la apoyan, por supuesto los de más tradición religiosa. Sin embargo no están entre ellos Portugal ni España, y mucho menos Francia, que lleva décadas defendiendo el Estado laico. Es curioso ver persistir formas del pasado chocando de frente contra la modernidad. ¿En qué debemos creer? ¿Es obligatorio creer? Nací en una familia agnóstica y por eso el serlo, en mi caso, no obedece a ninguna rebelión. Pero me interesan las religiones, sus sistemas metafóricos, la poesía que suele haber en sus oraciones o el modo en que explican el origen del mundo; el Chilam Balam y el Génesis y el Mahabarata, en todos hay lo mismo, esencialmente, aunque con diferentes metáforas.

El crucifijo en el aula de los italianos podría entenderse si no fuera porque mucho de lo que se debe enseñar en ese lugar pertenece a otro sistema, a otro orden. Un orden que contradice las metáforas religiosas. ¿Cómo estudiar biología si el único origen de la vida es el dios creador? ¿Cómo estudiar filología o gramática si el origen de las muchas lenguas del mundo se debe a un castigo divino por la arrogancia de Babel? ¿Cómo entender la Historia y sus procesos, e incluso la Geografía, si todo fue creado por un ser supremo? ¿De qué sirve el conocimiento si todo puede ser explicado desde dios? La religión le da una dimensión a la vida, sin duda más profunda, y quienes no la adoptamos solemos reemplazarla con el arte, la literatura, la filosofía. ¿En qué creemos los que no creemos en ninguna de las religiones creadas por el hombre? Tal vez en eso, en el hombre.

Es interesante e incluso divertido seguir este debate desde Colombia, un Estado de derecho, democrático y del siglo XXI, en el que los presidentes le agradecen a dios su triunfo electoral y las victorias del ejército se le atribuyen a la virgen María, donde el Espíritu Santo es más importante que el presidente de la Corte Suprema, donde se le hacen visitas de Estado a la virgen de Fátima. Visto desde afuera parece un film de Woody Allen, pero si se toma en serio cabe preguntarse: ¿quién gobierna para nuestros compatriotas judíos, musulmanes, animistas, budistas o agnósticos? Y más aún: ¿qué ejército los protegerá, si el financiado por las arcas del Estado es un grupo de legionarios de María? Ante esta opereta, y a la luz de lo que ocurre en Italia, no hay duda de que lo mejor es quitar de la administración pública los crucifijos y que luego cada uno, en el ámbito privado, les de el lugar que prefiera. La gran lección de la propia religión es su presencia en las ciudades. No todas las casas son iglesias o templos. Sólo una en cada barrio. Y esa es tal vez la justa medida en un mundo como el de hoy, donde la modernidad se define como laica y multirreligiosa.

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