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De puentes y fronteras

Santiago Gamboa
04 de septiembre de 2015 – 09:47 p. m.

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Cruzar fronteras es una de las cosas que más me gusta en la vida y por eso son tan extrañas las que están cerradas.

Sean fronteras o fronteritas, todas están hechas para cruzarlas. Me viene a la mente la ruidosa frontera entre India y Pakistán, cerca de la ciudad sagrada de Amristar (para los sij) del lado indio y de Lahore del lado pakistaní, que a pesar de ser una fronterita, casi una rendija, es una de las más conflictivas del mundo, pues en ella se tocan dos potencias con gran poder de fuego y, sobre todo, con bomba atómica; el paso terrestre, el único entre los dos países, se llama Wagah, y cada día, al atardecer, guardias de un lado y del otro recogen las respectivas banderas con una ceremonia y cierran la frontera hasta el otro día. Lo curioso es la ceremonia: los guardias visten uniformes ampulosos y gorros con penachos; marchan con un paso teatral, alzando los puños y taconeando duro, mirando con rabia hacia el país vecino y enemigo. Como queriendo amedrentarlo, aunque sea un gesto más bien infantil. Miles de personas van cada día a ver la bajada de la bandera en ambos países, y por ello han construido gradas. Una tribuna para que el público se acomode y aplauda a los guardias de su país, y para que grite y le haga muecas a los del otro. En Wagah, la enemistad entre India y Pakistán se volvió una guerra de aplausos y chiflidos, y por supuesto es una atracción turística.

Otra frontera tensa es la de Jordania con Israel. No hay ceremonias ni recogida de banderas de ninguno de los lados, pero sí una larga y fatigosa espera. La más usada es el puente Allenby sobre el río Jordán, que del otro lado se llama puente Rey Hussein. Tiene horario de apertura, pero a la mínima se cierra sin mayor explicación y el que se quedó se quedó. Más al sur hay otra entre Aqaba (donde Lawrence de Arabia atacó la cañonería turca por la espalda) y el puerto de Eilat. Ahí la cosa es aún peor, pues además de la espera se debe cruzar a pie por un corredor de alambradas, casi con las manos en la nuca. Pero tal vez las peores y más arbitrarias son las fronteras con la Autoridad Palestina, completamente militarizadas, que Israel abre y cierra a su antojo. Son fronteritas pequeñas, pero duelen y separan. Conocí a alguien que debió dejar su carro parqueado en una calle de Belén durante un año, pues el paso, que es más un check point militar, fue cerrado para vehículos y sólo se podía salir a pie.

Recuerdo también las dolorosas fronteras al interior de ciudades. Muros que estuvieron casi todo el tiempo cerrados y que dividieron tantas vidas. Fue el caso de Berlín, de Nicosia, de Beirut. O el caso de los ríos, que son fronteras naturales. La más misteriosa para mí es el río Congo, entre dos países que hoy llevan el mismo nombre, pero sobre todo por sus dos capitales, que están una al frente de la otra, sólo separadas por el brazo de agua: Brazzaville y Kinshasa.

¿A cuál de todas estas fronteras o fronteritas acabará pareciéndose la nuestra con Venezuela? Ojalá que a ninguna. Ojalá con el tiempo el puente Simón Bolívar vuelva a servir para lo que sirve un puente. Para cruzarlo. Y que sea como el puente de Oresund entre Noruega y Suecia: la imagen de dos brazos que se estiran, el uno hacia el otro, para sostenerse.

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