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Italia, Berlusconi y la eurocrisis

Santiago Gamboa
18 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

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Para ser sincero, las razones técnicas de la posible quiebra de Italia son para mí un misterio, sobre todo por tratarse de un país tan rico, industrializado y proyectado en la economía mundial. ¿Cómo puede ser esto posible?

Lo cierto es que, según los expertos de la UE, la prima de riesgo italiana —el sobreprecio exigido a los bonos de un país con respecto a la deuda de referencia de Alemania— está en una cifra que dispara las alarmas, y todos los días se acerca o se aleja, según la hora y los minutos, al colapso final, a un Apocalipsis financiero que además hundiría a la Unión Europea, pues salvar a Italia es como tres veces más costoso que salvar a Grecia, y que por lo pronto ya derribó a Berlusconi, que parecía tan eterno como el coliseo romano.

Ignoro las razones técnicas, repito, pero he vivido diez años en Italia, otros diez en Francia y conozco Alemania, y lo que pienso es que todo esto, en el fondo, es apenas lógico. La verdad es que considerar que Francia e Italia son iguales en términos de transparencia administrativa o financiera y pretender por ello que converjan en resultados similares al interior de una estructura como la Unión Europea, es desconocer a ambas sociedades. Si en la francesa predomina la cultura de la legalidad a ultranza, el respeto a las instituciones, la disciplina por encima de todo, el pago obsesivo de impuestos y la transparencia en lo relativo al Estado, la burocracia y las finanzas, en la italiana lo que predomina es la astucia, la recomendación y el nepotismo, la evasión y el ocultamiento, el atajo y la cultura del vivo, el agua turbia donde es más fácil saltarse las reglas, disimular, medrar sin ser visto.

Hay un chiste italiano que dice: ¿Qué es en Nápoles un 7-40 —módulo del pago de impuestos—? Respuesta: Son las ocho menos veinte. Hace poco una radio publicó una encuesta que afirmaba que el 48% de los jóvenes había conseguido su primer trabajo por recomendación. El expresidente del Consejo, Berlusconi, decía a las mujeres que para paliar la crisis se casaran con hombres ricos, y él mismo hizo elegir y nombró en su gobierno a exmodelos a las que debía favores —no propiamente políticos—. Súmese a esto la mafia, que controla un porcentaje nada despreciable de la actividad privada, la contratación del Estado y el import-export. Y agréguense otras dos cosas: la cultura de la transacción en negro, que podría superar un 30% de los intercambios, y la evasión de impuestos directos, producto de un sistema laxo y complicado. ¿Cómo pretender que Italia, con todo esto a bordo, tenga un desempeño equiparable al de países como Francia, Alemania, Holanda, Suecia, Dinamarca o Noruega?

Lo contradictorio es que ese desorden e indisciplina social que hoy tiene a los italianos contra las cuerdas, en la Unión Europea, puede deberse al mismo rasgo que los hace ser simpáticos, buenos amigos, generosos y desmesurados, además de ingeniosos futbolistas y originales artistas, y que por eso sea tan agradable vivir entre ellos, por contraste con sus vecinos del norte, serios y eficaces, transparentes como el hielo y apegados a la norma hasta el delirio.

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