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TENGO POR SEGURO QUE UN ESTIlo literario, entendiendo un modo original y potente de apropiarse del lenguaje que, a su vez, da cuenta de una época y su devenir, de ciertos destellos de la condición humana, es algo tan escaso que ocurre al máximo un par de veces en cada generación.
Y ahí están los más grandes: Kafka, Thomas Bernard, Faulkner, García Márquez, Borges, Lezama Lima, todos ellos tuvieron estilos propios, y puede que el más reciente haya sido Roberto Bolaño, una especial prosodia que impregna de ternura a sus personajes y situaciones. Este poderoso estilo no siempre nace con el primer libro de un autor, sino que en ocasiones se desarrolla a medida que la obra progresa y se hace más compleja; en algunos casos toma tiempo mientras la música de las palabras se refuerza, se va limpiando de adherencias (o influencias, sean estas benignas o maléficas), adquiere cuerpo y se convierte, al cabo de los años, en un ritmo envolvente y totalizador, capaz de contener al mundo y al ser humano en toda su contradicción.
Esto se me ha revelado una vez más, con vigor, al leer Los enamoramientos, la última novela de Javier Marías, escrito en una prosa que no sólo es deslumbrante sino que no puede ser más que suya. Un ejemplo: “me quedé dormida involuntariamente en su cama a media tarde o cuando ya anochecía, un sueño breve pero profundo tras el satisfecho agotamiento que esa cama me producía, qué sé yo si era a los dos, uno nunca sabe si lo que se le dice es verdad, nunca hay certeza de nada que no venga de nosotros mismos, y aún así”, frases que buscan atrapar estados de ánimo sutiles, pequeños matices de la vida, y por eso el estilo de Marías está hecho de sobrevuelos, asedios, de largos solipsismos y regodeos, de frases que resbalan y dejan un surco sobre la página, en fin, es difícil definirlo sin recurrir a su vez a pequeñas metáforas.
Por este motivo es una prosa que produce un extraño efecto: como si progresara desbordándose, como el avance de una ola seguida de otra, y luego otra, hasta dar con el matiz exacto, y así una breve anécdota puede abarcar muchas páginas, cualquier gesto de los personajes es presa de circunloquios, definiciones atentas y lúcidas, conjeturas, largas digresiones. La crítica acostumbra señalar en Marías la influencia anglosajona, lo que es una obviedad tratándose de alguien que cita a Shakespeare en la mayoría de sus títulos, pero me pregunto si no tendrá también ese origen su necesidad de precisar cada detalle anímico hasta fijarlo, clavetearlo con dardos que son palabras.
Su estilo es difícil pero, contrariamente a lo habitual, sus libros son grandes éxitos de ventas, y no sólo en España. Podría tratarse de un fenómeno de locura colectiva, ¿seis millones de ejemplares de sus obras?, ¿tanta gente siguiendo el eco de una metáfora de Macbeth en un Madrid lluvioso? Es increíble y también una excelente noticia, que habla bien de quienes leen, pues a pesar de lo que parece no son todos cautivos de Dan Brown y sus templarios. Esto lo saben los jóvenes copistas de Marías, algunos con mucho éxito en América Latina, donde su obra es menos conocida del gran público y por lo tanto fácil de imitar con impunidad. Por eso vale la pena leerlo (al original), y escuchar su poderosa voz literaria en este hermoso y muy talentoso último libro, Los enamoramientos.