Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Que la ultraderecha odia la paz es algo que se sabe hasta en los bosques húmedos de Ontario, pero lo interesante es poder asistir a ello in situ, en Colombia. Qué bello país el nuestro. Su fauna nunca acabará de sorprendernos y es hermoso ver cómo el rico ecosistema, líder mundial en biodiversidad, ofrece un generoso espacio a todas las formas de vida: hasta a las más demenciales e inquietantes.
En efecto, no hay que ser un gran estudioso del alma humana para saber que el principio activo de la ultraderecha es el odio: el odio racial, el odio social, el odio al que es diferente y cree en otros dioses, el odio al que piensa distinto. El odio a secas. Un odio que tiene su expresión natural en la violencia, como hemos podido ver, por ejemplo, con el noruego Anders Breivik o con nuestros “breiviks criollos”, que jugaban fútbol con las cabezas de sus víctimas. “Civilizar” es lograr que el desacuerdo y la diferencia no se transformen en odio. Su expresión es la tolerancia.
Por eso ellos desprecian este modo de civilización y aspiran a la pureza, esa proyección ascencional que tiene su corolario en la pureza racial. Claro, esta es inalcanzable en una región mestiza como la nuestra, así que adopta formas ligeras y más a la mano como la nacionalidad, el regionalismo o la identidad política y religiosa. A través de ellas sí pueden ejercer su odio, el cual, no hay que negarlo, es uno de los sentimientos más puros que existen.
Ahora bien, ellos no son los dueños del odio ni los únicos que lo practican, esto que quede muy claro, pero es sabido que acuden a él con particular regularidad y que, por decirlo en términos culinarios, es ingrediente central de todos sus platos. Ahí está la historia del siglo XX para refrendarlo. Y por eso odian la paz.
Pero en el caso de Uribe, creo que hay algo más.
El problema de nuestro expresidente, en el fondo, son dos: que esta no es su paz y que él mismo es una víctima. Su padre fue asesinado por las Farc en un hecho, por lo demás, horrendo. Me parece obvio que cuando Uribe se opone a este proceso de paz es porque reacciona como víctima. No puede aceptar que el país haga una paz distinta de la suya, que es el sometimiento militar completo y definitivo de las Farc, algo que en teoría no es imposible pero sí bastante improbable. Él quiere que la paz sea el resultado de un proceso militar, teñido de odio y su deseo de venganza, y por eso esto le parece inconcebible.
Colombia, un país tradicionalmente bien dotado para el odio, nunca odió tanto en las últimas décadas como durante el “ochenio” de Uribe. El mínimo desacuerdo se transformó en odio y por eso tampoco recuerdo otro período donde hubiera más violencia verbal; en público, por supuesto, pero también en la vida privada.
Comprendo que Uribe odie a los asesinos de su padre, pero jugarle a eso el destino de un país es inaceptable. Como los enfermos crónicos, él cree que el mundo le debe algo y por eso anhela que llueva sangre y tiña de rojo nuestros ríos y lagos; que la sangre golpee a nuestras costas y haya mares, océanos de sangre, glaciares de sangre, con tal de obtener su anhelada venganza. Por eso la paz lo irrita y por eso mismo, afortunadamente, cada vez menos gente lo escucha.