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Pacholandia

Santiago Gamboa
09 de agosto de 2013 – 06:00 p. m.

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He intentado imaginar cómo sería la Colombia de Pachito, la próspera, pacífica y pura Pacholandia, y la verdad es que no me resultó difícil, pues al echar a rodar la imaginación lo primero que me vino a la mente fue Patolandia, esa urbe de colores en la que vivían, cuando yo era niño, el pato Donald y el Tío Rico McPato.

 ¿Y por qué me vino a la mente? Obvio: porque Patolandia es una aldea de gente buena y sonriente que conserva la pureza ilimitada de la niñez, donde los malos no se afeitan y acaban cayéndose del techo o mordidos por un perro. Es el modelo de Pacholandia: un reino donde los buenos somos nosotros, claro está, la comunidad perfecta de la pureza y del bien, y los malos son ellos allá afuera, esos malvados y pirobos que nos ponen en peligro con su cháchara exasperante, los que hablan desde la intemperie de un país feo y lluvioso, y que parecen estar ahí sólo para instaurar el desorden y rompernos los nervios. ¡Y en Pacholandia no se tolera el desorden, so pena de…!

En Pacholandia sólo hay dos colores: el gris de la maldad, y el rosado de la bondad y la inocencia. Pachito tiene las mejillas rosadas. Obviamente es el rey de los niños buenos. También su jefe, Álvaro Uribe, tiene las mejillas rosaditas, aunque a veces la nariz se le llena de sangre y se le pone roja. Se le hincha y parece más larga. ¿Le dolerá? Le pasa cuando se le salta la piedra, que es cada rato, pero es normal porque está preocupado y no da abasto; tiene en su pecho todo el miedo y el dolor del país. Le duele el país y sangra el país por todos sus poros. ¡Un país con tanta sangre! Por eso su futuro mausoleo, cuyo tenebroso edificio reemplazará a la iglesia de Monserrate, será en forma de cruz y con goticas de sangre. Un doliente Cristo del Corcovado criollo.

Pero, ¿quiénes son los malvados de Pacholandia? Pues los feos, los que no tienen mejillas rosadas. Ah, la maldad. ¡Hay que erradicarla! Es lo que dice siempre Pachito, el rey de los niños, dando un puño sobre la mesa. ¡Todos debemos ser buenos y puros! ¡Y para eso hay que tener miedo, carajo! La voz sale desde su estómago, pero no es la suya, ¿la escuchan bien? Es la de su jefe, escondido detrás del trono. Entonces un niño le pregunta: “¿Se pueden decir groserías en Pacholandia?”. Pachito lo alza y lo sienta en sus piernas, y le dice: “Sólo cuando son chistosas”. Pero el niño vuelve a preguntar, “¿chistosas para quién?”. Pachito, contrariado, llama al guardia y le dice, “¡llévese a este niño preguntón al calabozo!”. Luego va a calmarse a la oficina presidencial, donde hay fichas de Lego y un minibar con Alpinitos. Arma un helicóptero con la bandera de Pacholandia, le pone ruedas de jeep y lo pasea haciendo, rúum, rúum. Piensa: ¿chistosas para quién? Niño pendejo, será nieto de Antonio Caballero, como mínimo.

Así es Pacholandia: el país de los niños buenos que se esconden detrás de las fornidas piernas de sus padres, porque tienen miedo y quieren que pase el peligro inminente. Por eso es un deber, una obligación de todo colombiano o colombiana —como dice su jefe máximo—, que alguna vez fue niño o niña, apoyar a Pachito, pues con él podremos recuperar la tranquila y protegida Patolandia, esa Arcadia de la niñez de todos los niños buenos y rosaditos del país.

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