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Imagino a los apóstoles de Uribe, los del primer círculo, reunidos el 1 de enero, a las cinco de la mañana, para trazar las líneas de acción de lo que será su política en el 2016.
¿Quién habló primero? Supongo que fue José Obdulio, quien habrá hecho un resumen ejecutivo de lo que aconteció hace un siglo, la Revolución Mexicana y el peligro revolucionario, hasta que Uribe lo mandó callar diciendo, no sea bobo Obdulio, vea que México es un país amigo, qué nos vamos a poner a recordarles lo que hicieron esos terroristas. ¡Otra pregunta! No, perdón, ¡otro tema!
La señora Cabal intervino, nerviosa por el tono del jefe: “Su Excelencia, yo creo de que donde tenemos que aporrear bien duro es en lo del proceso ese de paz, ¿no cierto? Vea que songo sorongo nos lo van a meter a los colombianos por donde sabemos, y eso sí mi marido y yo no lo podemos aceptar, ni con receta médica”. Uribe le puso un dedo en la frente y, con mirada lejana, proclamó: “Claro, mijita, ese es el tema en el que debemos concentrarnos, cómo hacer para enredarles eso, y más ahora que en los sondeos está punteando, ¿ah?, ¿qué hacemos?”. “Vea Su Santidad”, dijo Paloma Valencia, “yo propongo ir a la capilla que ya van a dar las seis y luego seguimos”.
Al salir tenían las caras más frescas y lúcidas, y fue cuando Everth Bustamante dijo: “Tengo una idea, Excelencia. Si me permite presentarla”. Uribe le acomodó un mechón plateado al senador y le dijo: “Puedes hablar, hijo”. Y Everth habló: “Propongo, Su Santidad, que me permita dirigir a un grupo y tomar la embajada de Cuba en Bogotá. Una toma pacífica para mostrar el descontento con La Habana por darle alojamiento a esos sinvergüenzas y apoyar esa vagabundería de Santos. Seguro que RCN nos ayuda con el cubrimiento”. Desde la ventana, Uribe vio las calles vacías de Bogotá. Le impresionó el silencio. Los cerros estaban por sugerirle una idea, pero fue interrumpido por un grito, una voz ebria de la calle, “¡feliz año, hijue…!”.
Volvió a la mesa, dio un golpe de tacones y dijo: “Gracias, Evertico, puedes ir a sentarte. Es buena idea, pero luego van a decir que somos matones, y eso no nos conviene”. Everth levantó la mano desde la silla y aclaró: “Excelencia, acuérdese que yo dije que pacífica…”. Pero Uribe dio un puñetazo en la mesa y gritó: “¡No sea tan pendejo! Cómo se le ocurre que una cosa así puede ser pacífica!”. Entonces Paloma Valencia volvió a decir, “recemos un avemaría para calmarnos, Excelencia”.
Lo rezaron, se sintieron mejor y Uribe dijo: “Tocará que seguir asustando a la gente, que la FAR va a gobernar, que van a volver Colombia un país comunista y a obligar a nuestros hijos a hacer el matrimonio gay. ¿Y cómo era lo de los balcheviques esos, Obdulio? Eso era bueno”, y José Obdulio dijo, “bolcheviques, Excelencia, b-o-l-cheviques, los comunistas de Rusia”. “Pues sigamos dándole con eso”, dijo Uribe, “y con lo del castrochavismo, a ver si logramos convencer a la gente a seguir con la guerra, porque si no, Óscar Iván, ¿qué hacemos en el 2018?”. Momento en que Pacho Santos saltó de la silla y dijo: “Y otra cosa, jefe, ¿ya pensó cómo le vamos a quedar de mal a nuestros proveedores de armas si mi primo se gasta esa plata en el posconflicto?”. Y todos respondieron, de rodillas: “Ay no, ¡que Dios nos proteja!”.