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William Ospina, Villa Diodati, Joyce

Santiago Gamboa
17 de abril de 2015 – 09:32 p. m.

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No se me ocurre un modo mejor para conmemorar el primer año de la muerte de García Márquez que hablando de un buen libro, y me viene muy bien, pues acabo de leer, de un tirón, El año del verano que nunca llegó, de William Ospina, un texto extraordinario que es a la vez un ensayo, una novela y un libro de viajes, centrado en la magnética historia de Villa Diodati, esa casa legendaria a las afueras de Ginebra, frente al lago Lemán, en la que una noche de junio de 1816 se reunieron Lord Byron, el poeta Percy Shelley y su esposa Mary, el joven médico John Polidori y Claire Clermont.

Por trastornos climáticos ese año no hubo verano y la noche de los poetas duró tres días, entre borrascas y aguaceros. Tiempo suficiente para que se retaran a escribir la más aterradora historia de miedo y que nacieran los dos grandes símbolos del espíritu romántico: el Frankenstein, de Mary Shelley, y El vampiro, de Polidori.

La hipnótica prosa de William Ospina va llevando al lector por los vericuetos de esa increíble historia, explicando quién era cada uno y por qué estaba ahí, cuál era su personalidad y cuáles sus temores, pero narra también su propio viaje para encontrar los elementos del mosaico, desde Buenos Aires hasta París o Ginebra, de Roma a las montañas del Tolima. Una celebración del modo en que las historias se van revelando al escritor, poco a poco y a través de extrañas señales, y por eso descifrarlas es un modo de entenderse más a sí mismo y de comprender el universo.

Mientras leía yo mismo fui encontrando otra constelación que el propio William Ospina menciona y que tiene que ver con la fecha del encuentro en Villa Diodati: el 16 de junio. De pronto, con esa seguridad que el libro transmite, creí encontrar respuesta literaria a una pregunta que llevaba años haciéndome. ¿Por qué Joyce eligió la fecha del 16 de junio para su novela Ulysses? A pesar de que su biógrafo, Richard Ellmann, afirma que no hay un motivo específico para que eligiera ese día, y que otros dicen que habría querido rememorar la primera cita con su esposa, la verdad es que, tras leer el libro de William, no me cabe ninguna duda: Joyce eligió el mismo día en que nacieron Frankenstein y el vampiro para crear su propio mito del héroe contemporáneo, el Ulises del siglo XX. Quiso dialogar con los conjurados de Villa Diodati y presentar su propio monstruo: el dócil y temeroso ciudadano común, alejado del fulgor de los héroes de Homero. ¡Por eso el 16 de junio!

Recordemos que el joven Stephen Dedalus en Retrato del artista adolescente admiraba a Byron y lo consideraba el mejor poeta inglés, motivo por el cual sus compañeros de la escuela católica le propinan una severa paliza, pues Byron tenía la reputación de ser hereje e inmoral. Lo mismo que Joyce, quien debió refugiarse en Suiza escapando de Irlanda, también acusado de hereje e inmoral. Así las cosas, y si a esto le sumamos sus juegos de palabras con el nombre de Shelley, cuesta creer que Joyce no haya ido un día, como William Ospina, a mirar a través de las rejas de la Villa Diodati mientras soñaba con su propia creación, mostrando en ello, una vez más, cómo la literatura y la vida se mezclan en ese mismo inquietante “bosque de símbolos” del que habló Baudelaire en su poesía.

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