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El próximo 4 de enero se cumple un cuarto de siglo del fallecimiento del dos veces presidente de Colombia, Alberto Lleras Camargo.
Se dice que, cuando al enterarse, el presidente Virgilio Barco le comunicó a sus familiares que salía inmediatamente a rendirle tributo, ellos se vieron forzados a rogarle que no lo hiciera, pues Lleras había dicho que a su muerte no quería recibir ningún homenaje oficial.
Quizá, por esa misma razón, murió un cuatro de enero, cuando el país oficial y el país privado están virtualmente cerrados, enguayabados y recobrándose de las parrandas y borracheras de fin de año.
En una gran medida, esa actitud que mostró en su muerte fue la misma que lo caracterizó durante toda su vida. A pesar de haber sido el político más influyente del país durante 40 años, dos veces presidente, secretario de la OEA, ministro y rector de Los Andes, su vida estuvo caracterizada por la austeridad, la sobriedad y la medida.
En un país que se rendía a la elocuencia, la improvisación y el fárrago de los demagogos, el discurso de Lleras era leído, preciso, poco adjetivado, medido, previamente escrito y revisado decenas de veces por él mismo.
En una región en la que prevalecían los dictadores militares, los caudillos y los autócratas, Lleras fue un político que predicó y ejerció la democracia liberal, el civilismo, los procesos electorales, la política de pesos y contrapesos y los gobiernos con límites tanto en el espacio como el tiempo.
En una era en la que las nuevas generaciones se vislumbraban y enceguecían con la revolución cubana, con Castro y Guevara entrando victoriosos a La Habana y fusilando a los que denominaban contrarrevolucionarios, Lleras aborreció la violencia como forma de hacer política, creyó en el respeto del adversario y en el cambio real y permanente por medio del reformismo, como la reforma agraria, la ley de la competencia y la expansión de la educación.
En un continente heredero del barroco español, de sus visiones totalizantes, de sus estructuras físicas e intelectuales simétricas, estáticas y definitivas, en que las partes tenían que ser consistentes con el gran todo, Lleras fue un hombre gótico, que aborrecía las grandes estructuras teóricas, estaba listo a aceptar la diferencia, estimulaba la novedad, aprendía de la experiencia y del error y concebía el futuro de la sociedad como indefinido y abierto.
Muchas de las cosas buenas que tiene Colombia, como la tradición de gobiernos civilistas, elegidos por procesos electorales y que han hecho un uso limitado del poder, se deben a la gran influencia que tuvo Alberto Lleras en la política y en la vida nacional.
Por el contrario, la tragedia que vive Venezuela es en parte consecuencia de un sistema político que no fue capaz de incorporar e interiorizar plenamente los principios que promulgó y ejecutó su gran reformador liberal, Rómulo Betancourt.
Sin duda, nuestro país tiene aún enormes deficiencias y requiere resolver granes problemas y cerrar brechas sociales y regionales. Pero lo que haga en el futuro, tendrá que hacerlo sobre los cimientos de esa democracia liberal que ayudó a construir Alberto Lleras. Además, cuando se agudiza la polarización política y cuando más se extrañan políticas de Estado, como en el proceso de paz, más falta hace recordar la vida y la obra de uno de los mejores colombianos de todos los tiempos.