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Angus Deaton en Bogotá

Santiago Montenegro
11 de septiembre de 2016 – 09:00 p. m.

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Por invitación del Instituto de Ciencia Política, y para honrar la memoria de don Hernán Echavarría Olózaga, visitó Bogotá el premio Nobel de economía, Angus Deaton, de la Universidad de Princeton.

El evento central de su visita fue un seminario en un recinto que se quedó pequeño para el elevado número de asistentes, quienes escucharon una de las mejores conferencias que se han dictado en Bogotá en mucho tiempo. 

Una de sus ideas centrales es que hay dos tipos de desigualdades. Hay una desigualdad buena, que es la que se produce en una sociedad por cuenta de los empresarios innovadores, quienes inventan un nuevo producto, un nuevo proceso o aplican una nueva tecnología y, como consecuencia, son recompensados con mayores ingresos. Son innovaciones que crean ingreso y riqueza y, por lo tanto, no le quitan recursos a nadie. Es la desigualdad que crea el progreso y, por lo tanto, no se debe parar el progreso porque crea dicha desigualdad.

Para poner un ejemplo trivial, es la desigualdad que se crea entre los jugadores de futbol profesional cuando emerge un genio —un innovador— como James Rodríguez o, entre los cantantes, una estrella como Shakira. Sin duda, la emergencia de James deterioró el Gini de los futbolistas, pero nadie puede alegar que James le esté quitando plata a los jugadores de Millonarios o del Deportes Tolima. Este tipo de desigualdad enseña a otros lo que es posible alcanzar, estimula la emulación y ayuda a la libertad futura. Además, la gente acepta que otros avancen si ven que tienen oportunidades para ellos mismos.

El problema serio es la desigualdad que crea más desigualdad, como el patrimonialismo, que ha enfatizado Piketty, pero especialmente cuando la riqueza es producto de las actividades rentísticas parasitarias y se da, especialmente, cuando proviene del mal funcionamiento del sistema político, cuando está capturado por parte de los sectores sociales poderosos.

Para Deaton, los impuestos altos a las empresas no son una buena solución a la desigualdad porque pueden matar la innovación. La mejor política es acabar con las preferencias, favoritismos y exenciones indebidas a sectores, empresas e individuos. Sobre todo, hay que acabar con el capitalismo parasitario, que vive de las rentas politiqueras y no crea riqueza.

El buen gobierno se da cuando existe un buen contrato entre la gente, que paga impuestos y cumple con sus deberes ciudadanos, y un gobierno que provee bienes públicos. Así, Deaton se opone a la ayuda externa a los países pobres y la asimila a la llamada “maldición de los recursos naturales”. Cree que lo mejor es mejorar la política con una democracia más participativa y más deliberación pública.

Este es un riesgo que se da también al interior de los países, con las transferencias del gobierno central a las regiones. Los gobernadores y los alcaldes muchas veces se acostumbran a ser unos simples tramitadores de recursos del gobierno central y se olvidan de sus propias responsabilidades, como recaudar impuestos locales, como el predial, y proveer los bienes públicos que les corresponde, como rendir cuentas y proveer información sobre los resultados de los recursos de las transferencias y otras inversiones.

Después de una visita tan estimulante, tenemos que felicitar a Gabriel Echavarría y a Adriana Mejía, del Instituto de Ciencia Política, por esta iniciativa. Que inmejorable forma de honrar la memoria de don Hernán Echavarría Olózaga.

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