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Chile y Colombia

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EN EL RESCATE DE LOS 33 MINEROS del yacimiento San José, en Copiapó, en Chile, sin duda hubo mucho azar y, gracias en parte a esa suerte, los mineros están vivos y a salvo. Pero no todo fue suerte. Además de la firme resolución de rescatarlos por parte del presidente Piñera y su gobierno, Chile también nos acaba de dar una lección más de madurez institucional, de orden, de capacidad de trabajo en equipo. En muy pocos días lograron obtener la mejor tecnología para perforación disponible en el mundo; movilizaron equipos médicos y de asistencia emocional y psicológica, instalaron equipos de comunicaciones y televisión desde la mina, organizaron a las familias, entre tantas tareas y actividades que funcionaron a la perfección.

No puede caber la menor duda que sólo un país con instituciones muy sólidas es capaz de realizar una empresa de estas dimensiones. En otras esferas del Estado y de la sociedad ya conocíamos la brecha que a la mayoría de los países latinoamericanos nos separa de Chile. Los ejemplos que podría dar son innumerables, pero quizás el indicador institucional más importante es aquel que refleja la capacidad de un país para proteger la vida de las gentes, no de los desastres naturales, sino de la violencia de los mismos semejantes, plasmada en la tasa de homicidios. Los colombianos nos alegramos, con razón, al constatar cómo los indicadores de violencia e inseguridad mejoraron mucho durante la pasada década al observar que la tasa de homicidios cayó de 65 por cien mil habitantes en el año 2000 a 35 en 2009, según cifras de la Policía Nacional (o 37, según Medicina Legal). Dicha caída del homicidio es, por supuesto, un hecho de celebración, pero qué lejos estamos de Chile que tiene una tasa de tan sólo 1,7 homicidios por cien mil habitantes, similar a los países más seguros de Europa. Para resaltar el camino que nos falta recorrer, es sorprende constatar cómo, a pesar de las masacres, decapitaciones, asesinatos de policías y todas las historias atroces que informan los medios de comunicación, la tasa de homicidios de México es de tan sólo 14 por cien mil habitantes. Es decir, nuestra tasa de homicidios es más de dos veces superior a la de México.

Para dar otras cifras, en tanto la tasa de informalidad laboral de Colombia es de un 60%, la de Chile es de un 30%; mientras Chile tiene unos 1.200 kilómetros de carreteras pavimentadas por millón de habitantes, nosotros tenemos tan sólo unos 250; en tanto Chile invierte un 0,40% del PIB en ciencia, tecnología e innovación, en Colombia apenas invertimos un 0,15%; el ingreso per cápita de Chile es un 70% superior al nuestro. La capitalización bursátil es de un 154% del PIB en Chile, mientras la nuestra es de un 57%. A diferencia de Colombia, Chile ya tiene tratados comerciales vigentes con Estados Unidos, la Unión Europea y China, y es ya miembro de la OCDE, una aspiración que también tiene el presidente Santos. Y si alguien cree que Chile nos supera sólo en indicadores institucionales se equivoca: la selección de fútbol chilena ocupa el puesto décimo en la clasificación mundial de la FIFA, en tanto Colombia está en el puesto 40. Todos estos logros y resultados son el producto de unos consensos básicos entre los partidos y grupos sociales por mantener y consolidar unos arreglos institucionales que han funcionado bien por mucho tiempo. Si los colombianos y colombianas queremos desarrollarnos y llegar algún día a ser un país avanzado, educado y justo, tenemos que lograr unos consensos semejantes.

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