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Chile y Colombia

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Ha causado preocupación la desaceleración de la economía chilena, la pronunciada caída en el valor de su moneda y el crecimiento de la inflación. Según las últimas cifras, en el mejor de los casos el PIB de Chile crecerá este año un mediocre 2%.

Después de conversar con exministros de economía y políticos de ese país, encuentro que hay dos narrativas de lo que está sucediendo.

La primera es la que podemos definir como la explicación exógena y dice que los problemas vienen de fuera y argumenta que la desaceleración del crecimiento y la caída en el gasto doméstico son causadas por los bajos términos de intercambio y, en particular, por los deprimidos precios del cobre.

La década de los altos precios de los productos básicos llegó a su fin y, con ella, se generó un déficit en cuenta corriente, frente a lo cual se hizo necesario reducir el consumo, la inversión y devaluar la moneda. La devaluación funciona porque deprime los salarios de los trabajadores, medidos en dólares, incrementando así la competitividad de los sectores transables.

Bajo esta lupa, la actual coyuntura lo que estaría mostrando sería, simplemente, el ajuste a la nueva situación externa. Es una situación que no deja de ser positiva en el sentido de que, habiendo sido el primero en realizar el ajuste, Chile sería también el primer país en retornar a tasas mas altas de crecimiento. Bajo esta misma lectura, entonces, en Colombia estamos en mora de hacer el ajuste y deberíamos estar preparados a un período de contracción del gasto y bajo crecimiento.

La segunda narrativa, aceptando que hay factores externos que han afectado a la economía, enfatiza en las causas internas que han deprimido la inversión privada. Según este enfoque, la inversión comenzó a desplomarse desde antes de las elecciones presidenciales, cuando se hizo evidente que Bachelet las ganaría con un programa que cambiaría drásticamente las reglas de juego para el sector privado.

Y, efectivamente, desde que subió al poder, el nuevo gobierno propuso una reforma tributaria que aprobó el Congreso, la cual subió la tasa del impuesto a la renta de las empresas en un 5%, entre otras medidas. No se ha aprobado aún la reforma a la educación, pero causa mucha incertidumbre un proyecto de reforma laboral y, sobre todo, una gran reforma constitucional.

Sin embargo, la caída de la economía ha hecho desplomar la favorabilidad del gobierno y esto parece moderar su ímpetu reformista.

Personalmente, me inclino más hacia la segunda narrativa que a la primera, pero no soy tan pesimista como algunos de mis contertulios chilenos.

Creo que, pese a sus diferencias y disputas, los partidos mantienen un consenso básico sobre los grandes temas de interés nacional. Por ejemplo, todos los expresidentes (Aylwin, Frei, Lagos y Piñera) y la presidenta Bachelet acaban de grabar un video en el cual defienden juntos la posición de Chile frente a las aspiraciones de Bolivia por salir al mar.

¿Alguien se imagina a Santos y a Uribe juntos en un video defendiendo una posición de Estado frente a las Farc o frente a los reclamos de Nicaragua? Por supuesto que no. Por esas razones, veo con optimismo el futuro de Chile, pero no puedo decir lo mismo de Colombia.

Mientras el sector privado propone la campaña del Soy Capaz, nuestros dirigentes políticos no son capaces siquiera de dirigirse la palabra.

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