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CUANDO EL NUEVO GOBIERNO ESTÁ A punto de completar sus primeros cien días, podemos registrar un balance altamente positivo.
En primer lugar, hubiese sido muy difícil convocar un grupo de colombianos y colombianas más competente, honesto y calificado que los cuadros que conforman los ministerios y departamentos administrativos. Por encima de consideraciones de equilibrios políticos, el Presidente nombró un equipo de excelencia, quizá sólo comparable en el continente con el que tiene el presidente Piñera de Chile. Además de la primera línea de ministros y directores de departamentos administrativos, los viceministros y subdirectores son de una gran calidad y competencia. Ante la indignación de varios directorios políticos, estos ministros y directores de departamento tuvieron plena libertad para nombrar a sus equipos. El equipo económico, en particular, es de una calidad inmejorable y el país puede respirar tranquilo con los cuadros de Hacienda, Comercio Exterior, DNP y las superintendencias. También quiero resaltar el equipo de consejerías de la Presidencia y las personas y el criterio con que se va nombrando a los nuevos embajadores.
Al nuevo gobierno hay que darle tiempo para que haga una evaluación completa de lo que encontró y parece haber ya indicios claros de muy serios problemas en estupefacientes, en algunas entidades de agricultura, nóminas paralelas como las que se encontró en la DIAN, para no hablar del aquelarre del DAS. Es también claro que la situación fiscal es mucho más difícil de lo que se anticipaba, pues, después de todo, tenemos una cuentas fiscales en las cuales sólo durante dos, de los últimos diez años, no hubo déficit primario, el cual, bien estimado, pudo ascender a un 2% del PIB en 2009.
Pero, entre tantos elementos positivos, el cuidado y la responsabilidad que el Presidente y el Gobierno están otorgando a sus relaciones con los otros poderes públicos y con la oposición, merecen ser destacados. Retornando a una tradición colombiana que parecía haberse perdido en las últimas décadas, quiero resaltar el uso tan cuidadoso del lenguaje que tiene el presidente Santos en sus discursos y declaraciones. No improvisa, sus palabras son medidas y pesadas en su responsabilidad personal y en su tremenda responsabilidad política. Por supuesto, a todos nos gusta que los políticos digan lo que piensan, pero es mucho más importante que piensen lo que dicen y, si es posible, que escriban los textos antes de hablar y que escriban bien. Santos está retornando a una tradición colombiana que en no pocas ocasiones vio incluso a la política vinculada a la Academia de la Lengua, con hombres de letras en ejercicio de gobierno, como Caro y Suárez, entre los conservadores, y como Eduardo Santos y Alberto Lleras, entre los liberales. Gracias a esa tradición, muchos políticos colombianos tuvieron fama de gramáticos y letrados, pero, según Alberto Lleras, también “gracias a esa extracción académica de la política debió Colombia que sus leyes fueran claras, su Constitución exacta, sus papeles de Estado severos y dignos”. Por la vía negativa, en muchas ocasiones el mismo Lleras alertó sobre los devastadores efectos que tuvo en la historia de Colombia el irresponsable uso del lenguaje, en particular, sobre la violencia. “La palabra imprudente del gobernante, o de la oposición, se vuelve un garrote en el villorrio, un duelo a machete en el camino rural”, dijo en un discurso ante la SAC, en 1945.
Por todas estas razones, se siente un ambiente de serenidad y optimismo que todos los colombianos esperamos se mantenga como presupuesto para resolver los grandes problemas del país.