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Clientelismo, principal problema

Santiago Montenegro
29 de septiembre de 2013 – 05:00 p. m.

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En sus ensayos, Michel de Montaigne dice que “ningún viento es bueno para quien no tiene puerto de destino”.

Un problema central de Colombia ha sido la ausencia de ese puerto de destino —un gran propósito nacional— y de una institucionalidad política para concebirlo y para ejecutarlo. Porque, en contra de lo que argumentan a diario muchos analistas, lo que ha predominado históricamente es la fractura de las llamadas élites políticas de todas las tendencias. Desde el comienzo mismo de la república, Bolívar escribió que “el no habernos arreglado con Santander nos hundió a todos”. Y, con una claridad que han tenido pocos, Eduardo Posada Carbó ha desvirtuado el mito de que este país ha sido siempre manejado por un supuesto bipartidismo que ha controlado todo. No sólo han existido muchos otros partidos, en diferentes coyunturas históricas, las fracturas ideológicas y regionales fueron más la norma que la excepción en la historia de los partidos tradicionales, lo que durante el siglo XIX se tradujo en numerosas guerras civiles y en la violencia de mediados del siglo XX. Y no debe sorprender que dichos enfrentamientos también se dieron en los grupos de izquierda, cuyas corrientes soviética, maoísta, cubana o nacionalista se enfrentaron, odiaron y mataron con una saña parecida a la de los partidos tradicionales. Y, hoy, la polarización está llegando a niveles iguales o peores que en el pasado, ilustrada nítidamente por el principal ideólogo de la oposición y futuro padre de la patria, cuando, en público y sin el menor rubor, calificó a uno de sus adversarios políticos de “grandísimo bellaco”.

Ese gran acuerdo sobre lo fundamental o gran acuerdo nacional, entonces, no se ve por ningún lado y es muy improbable que se alcance en el futuro próximo. Pero, aún en el supuesto improbable de que los jefes de los principales grupos políticos, en medio de sus diferencias, se pusieran de acuerdo en dos o tres puntos cruciales para el desarrollo del país, el clientelismo hace que, en la práctica, cualquier acuerdo de alcance transversal y de largo plazo sea inviable. Porque la política en Colombia se convirtió en la repartija de las instituciones del Estado entre los partidos y grupos que conforman las coaliciones de los gobiernos y también entre sus facciones regionales. Allí abajo, al nivel de las entidades, el puerto de destino, el acuerdo sobre lo fundamental, la visión de largo plazo, los grandes propósitos o los planes de desarrollo son letra muerta. Lo que verdaderamente importa son los nombramientos, la asignación de los presupuestos y la próxima elección. A veces, cuando el clientelismo se ha tornado en corrupción abierta y rampante, entonces, el clamor nacional hace que ciertas instituciones se limpien y se conviertan en islas de manejo ejemplar, con directores probos, pero al poco tiempo vuelven a caer en la repartija y en los malos manejos. Y otras instituciones que estuvieron siempre alejadas de las prácticas clientelistas ya han entrado en esa repartija. Si la política sigue funcionando en esa forma, no creo que en Colombia sea posible que alcancemos un acuerdo nacional, por ejemplo un pacto por Colombia, como lo ha planteado recientemente el presidente del BID, Luis Alberto Moreno. Las ideas y la forma de hacer política seguirán por caminos separados. Seguiremos con la fórmula de “partidos sin ideas” e “ideas sin partidos”. Y sin puerto de destino.

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