Defender nuestras instituciones

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Dicen que los árboles no dejan ver el bosque. En las circunstancias que vivimos, los árboles están representados por el miedo generado por la pandemia, un cisne negro, como lo llamaría Karl Popper, concepto que en nuestro tiempo popularizó Nicholas Taleb. Cuando hay miedo, los instintos de conservación, que compartimos con los animales, nos empujan a guiarnos por nuestra propia subjetividad y nos alejan de la racionalidad, que no es otra cosa que utilizar la experiencia y la argumentación, con base en el diálogo y la crítica razonada, para enfrentar y resolver problemas. En estas situaciones, perdemos nuestra perspectiva y nuestra capacidad de abstracción, y tendemos no solo a lo visible y a lo tangible, sino a ordenar las cosas y los hechos en pares dicotómicos, un legado de un pasado muy remoto, cuando los humanos éramos cazadores-recolectores y teníamos que tomar decisiones rápidas como luchar o huir ante la presencia de un depredador.

En forma brillante, Francis Bacon argumentó que, en muchos aspectos, la naturaleza es dicotómica, como noche y día, adentro y afuera, pero los problemas emergen cuando extendemos este concepto a categorías claramente subjetivas, como feo y bello, materia y espíritu, naturaleza y cultura, y es más problemático aún cuando, por temor, inseguridad u oportunismo político, extendemos esa categorización dicotómica a valoraciones éticas, estableciendo divisiones entre bueno y malo, nosotros y ellos, puros e impuros, sanos y enfermos, amigos y enemigos, en un reduccionismo peligrosísimo que, en el plano de la política, puede degenerar en tragedia y, en no pocas ocasiones, en muerte, destrucción y genocidio.

Por su parte, Martha Nussbaum ha argumentado que, en momentos de crisis, el miedo se torna en padre de otra gran familia de sentimientos como la rabia, la envidia, la xenofobia o la misoginia. Estas reacciones irracionales ayudan a entender, mas no a justificar, por qué los humanos de todas partes y de todos los tiempos, en su intento de búsqueda de sentido en momentos de profundas crisis, han tendido a buscar responsables y culpables y a acusar a grupos específicos. Durante las plagas de la Edad Media se acusó y se quemó a las brujas, luego se culpó a los gitanos, a los forasteros, a los de piel oscura y más recientemente a los judíos. El jurista nazi Carl Schmitt entendió muy bien estos impulsos irracionales de los humanos y elaboró una gran teoría política basada en esa tendencia a la categorización dicotómica de nosotros y ellos, puros e impuros, que resumió en la fórmula amigo-enemigo. Muy pronto, el marxismo latinoamericano, dirigido por Ernesto Laclau, se inspiró en Schmitt para elaborar toda una teoría del populismo, que ha guiado a generaciones de enemigos de la sociedad abierta, incluyendo a Norberto Ceresole, asesor de Hugo Chávez.

Tanto o más que a los efectos de la pandemia sobre la salud o la economía, en Colombia debemos temerles a quienes están aprovechando esta crisis para dividir, polarizar y buscar chivos expiatorios. Que lo hagan los enemigos de la democracia liberal y de la economía de mercado, los adláteres en nuestro país del socialismo del siglo XXI, no nos debe sorprender. Pero los que, por oportunismo político, corporativo o de otra naturaleza, están polarizando a la sociedad deben ser muy conscientes de que pueden estar quemando la nave de las instituciones republicanas y de la libertad en la que ellos mismos viajan.

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