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Dos discursos, dos concepciones

Santiago Montenegro
12 de diciembre de 2010 – 09:57 p. m.

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ENTRE TANTAS DIMENSIONES Y perspectivas de concebir el mundo, en filosofía política existen dos grandes campos que han dividido a los grandes pensadores de la humanidad. 

Por un lado, están quienes creen en la perfectibilidad del hombre y que la felicidad, la armonía y el amor entre todos los seres humanos es posible y alcanzable alguna vez aquí en la tierra. Entre éstos, unos creen que ese mundo feliz y ordenado existió en el pasado, que los cambios que introdujeron los humanos desestabilizaron dicho orden y que, por eso, hay que evitar y retardar el cambio. Ese es el mundo de Platón y, en general, del pensamiento conservador. Otros han creído que la Arcadia, el mundo feliz, está no en el pasado, sino en el futuro; que cuando se cambien y se enmienden y se revolucionen las instituciones será posible lograr la armonía completa, acabar la injusticia y las guerras y terminar con la alienación y la explotación de unos hombres sobre otros. Este fue el sueño de la Ilustración y de todas las corrientes que de ella se derivaron, como el pensamiento de Hegel o de Marx. Pero todas estas ideas, las que miraban hacia el pasado o hacia el futuro, concebían que, eliminados ciertos obstáculos, vencida la superstición y el oscurantismo, aplicando apropiadamente la razón, era posible lograr la armonía y la felicidad aquí en la tierra entre los seres humanos. Que, en una forma u otra, era posible llegar al fin de la historia. A esta posición se suscribió García Márquez el 8 de diciembre de 1982, cuando leyó su conferencia Nobel.  Después de recordar la pobreza, la tristeza, el hambre, la violencia pasada y presente de nuestro continente y de la humanidad, reclamó la necesidad de creer en una nueva utopía de la vida, “donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre otra segunda oportunidad sobre la tierra”.

Veintiocho años después, Mario Vargas Llosa, hijo de otro país suramericano con inmensas desigualdades y pobreza, con una historia de violencia e injusticias, golpes de Estado, se suscribió a otra concepción del mundo y de los seres humanos cuando dictó su conferencia del Nobel el pasado 7 de diciembre.  Aunque presente desde el antiguo mundo griego, esta visión renació con fuerza después de lo que muchos consideraron el fracaso de la Revolución Francesa y concibe al ser humano como imperfectivo, cree en la razón pero es consciente de sus limitaciones para comprender plenamente el mundo y poder llegar a verdades definitivas. Es una visión escéptica del mundo y base del llamado racionalismo crítico en filosofía y del pensamiento liberal en política. Consistente con esta concepción, Vargas Llosa planteó que nunca llegaremos a alcanzar “la hermosa y perfecta vida que finge la literatura”, e invitó a defender la democracia, la tolerancia, el pluralismo, el derecho a la alternación y todo aquello que nos acerque a la felicidad con que sueña la literatura, “aunque nunca la alcanzaremos”.  La historia, dijo, “será siempre, por fortuna, una historia inconclusa”.

Las utopías, como la que evocó García Márquez, son válidas en la literatura y en el arte, pero son peligrosas y pueden ser devastadoras en la política. Particularmente, cuando hay gobernantes, grupos o partidos que se creen los escogidos o los destinados a lograr dicha felicidad y armonía entre los humanos, cuando se creen poseedores de las fórmulas redentoras y de las verdades definitivas. Cuando creen que ellos son el fin de la historia.

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