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No es fácil hacer una evaluación sobre los activos y pasivos que hemos construido a lo largo de dos siglos de vida política independiente. Usualmente, esas evaluaciones están sesgadas por la emotividad y las angustias del presente y por las expectativas del futuro. Y también por la ignorancia de la historia, una disciplina que prácticamente ha desaparecido de los currículos escolares y que las nuevas generaciones desconocen casi por completo.
Una forma útil de comenzar esa evaluación histórica es comparar lo que sucede hoy en día en Colombia con la situación de nuestra hermana Venezuela y de otros países de la región. Desde que asumió el poder el llamado socialismo del siglo XXI, hace dos décadas, Venezuela ha sido gobernada por un solo régimen y, si no hubiese muerto, el coronel Hugo Chávez seguiría en el poder reeligiéndose indefinidamente, sustentado en la fuerza de los militares. En Cuba, dos hermanos gobernaron durante seis décadas en un régimen de partido único, que sigue con el control absoluto, y hacia allá quiere ir la pareja que manda en Nicaragua, así como Evo Morales, en Bolivia, quien está a punto de hacerse reelegir una vez más. Estos regímenes parecen ficciones extraídas de novelas del realismo mágico, pero no, son realidades que se materializan en gobiernos autoritarios, que eliminan la separación de poderes, violan los derechos humanos, prohíben la libertad de expresión y encarcelan a los opositores.
Este tipo de gobiernos, que parecen ser la excepción en una región que mal que bien ha adoptado la democracia liberal y la separación de poderes, fue la norma durante todo el siglo XIX y buena parte del siglo XX en la mayoría de los países de América Latina. En casi todos los países y a lo largo de décadas, prevalecieron regímenes caudillistas y dictaduras militares, que hacían y deshacían a su antojo, como el doctor Francia, cuyo título oficial era dictador perpetuo de la República del Paraguay, quien llegó a prohibir todo tipo de importaciones durante décadas, excepto un telescopio para su uso personal. O el general Santa Anna, 11 veces presidente de México, instaurado como dictador vitalicio, quien después de perder una pierna en una batalla contra los franceses, ordenó que se hicieran dos funerales de Estado para enterrarla, primero en la iglesia de Zempoala, para luego ser exhumada y llevada a Ciudad de México, donde la volvieron a enterrar con todos los honores militares, con Te Deum y presencia del cuerpo diplomático.
Mientras en muchos países sucedían ese tipo de cosas, desde el comienzo mismo de la república, en Colombia fuimos adversos a los gobiernos caudillistas, a las dictaduras y a la injerencia de los militares en los asuntos del Estado y, como lo han ilustrado nuestros grandes historiadores, durante la mayor parte de nuestra historia hemos tenido gobiernos de civiles, elegidos por medios electorales, que han hecho un uso limitado del poder. Con todas sus imperfecciones, nuestras instituciones republicanas y la democracia son un gran activo que hemos construido y heredado de nuestro pasado, que tenemos la obligación de preservar y, por supuesto, mejorar. A pesar de que la valoración de la libertad parece ser un ethos de los colombianos, como alguna vez lo dijo Alberto Lleras, también debemos ser consientes de que nada nos garantiza la libertad hacia el futuro. Siempre debemos estar en guardia para defenderla.