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Una idea central del pensamiento de Octavio Paz —de quien el 31 de marzo se conmemora el centenario de su nacimiento— es que los seres humanos tenemos necesidades sicológicas que deben ser urgentemente atendidas, tan importantes como comer, beber o dormir.
Con ideas que antecedieron y, quizá, influyeron a escritores como Carpentier y García Márquez, Octavio Paz enfatiza y resalta la noción de los humanos como seres que se sienten y se saben solos, desprendidos del mundo y ajenos a sí mismos. Antes de nacer, con los lazos que nos unían al vientre materno, nos fundíamos con la naturaleza en una vida sin pausa entre deseo y satisfacción. Posteriormente, después de nacer y a medida que crecimos, nuestra sensación de vivir se comenzó a expresar como sensación de separación, ruptura, desamparo y, finalmente, en soledad. Y más tarde, en conciencia de que estamos condenados a vivir solos, pero también en una necesidad de rehacer los lazos que nos unían a la totalidad, a la unidad, a la plenitud. Así, nuestra vida es una búsqueda para alcanzar el centro de El laberinto de la soledad. Y ese trayecto vital y personal es también un trayecto que sigue la humanidad y cada una de nuestras sociedades. Cada pueblo busca recrear la comunión, ya sea soñando con rehacer sus lazos originarios, su comunidad con la naturaleza o su retorno al paraíso perdido. Otros ven la Arcadia, la ciudad ideal, el mundo feliz, no en el pasado, sino en el futuro. Y, en el entre tanto, durante la larga lucha y espera por este valle de lágrimas, nos rebelamos y huimos de ese tiempo cronológico, poblado de pasado y de futuro, que nos agobia y lacera. Aunque sea transitoriamente, Paz argumenta que necesitamos hacer del tiempo una sucesión permanente de presentes. Así, para que otros no descubran nuestro desamparo, nos escondemos detrás de máscaras, o acudimos al disimulo y al silencio. O imploramos el consuelo de diosas como Tonantzin, transformada por los españoles en la Virgen de Guadalupe, la madre refugio de los oprimidos y de los desamparados. O nos acogemos al misterio de la Santa Misa, donde Cristo efectivamente desciende y salva al mundo y en donde los verdaderos creyentes se transforman en contemporáneos de Jesús.
Pero, sobre todo, para interrumpir la marcha inclemente del tiempo, con cualquier pretexto acudimos a las fiestas para celebrar onomásticos de santos y de personas, acontecimientos históricos, partidos de fútbol o cualquier cosa. Pueblos enteros rezan, gritan, comen se emborrachan y hasta matan, en México en honor de la Virgen de Guadalupe, y si hubiese estado en Colombia, Paz habría descrito las fiestas en honor de multitud de vírgenes, pero también de reinas de belleza, y en Venezuela en honor de sus santos laicos. Pero Octavio Paz no sólo describe magistralmente la realidad de nuestros pueblos. También compara y critica. “Conocemos el delirio, la canción, el aullido y el monólogo, pero no el diálogo”, dice. Critica muchísimas cosas de los norteamericanos, incluyendo su exagerada conformidad con su mundo, pero resalta su capacidad crítica: “una crítica valerosa y decidida, que no es frecuente en los países del Sur”, dice. Al conmemorar el centenario del nacimiento de Octavio Paz, Iberoamérica celebra la vida y la obra, no sólo de uno de sus más grandes artistas, sino también la de uno de sus más valiosos pensadores.