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El otro acuerdo

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El resultado del plebiscito ha precipitado la necesidad de un acuerdo nacional entre los del Sí y los del No para ajustar el documento de La Habana.

Ese espíritu de entendimiento debería también extenderse a otras esferas, como la de los historiadores, científicos políticos y economistas, entre otros académicos, para tratar de alcanzar unas premisas mínimas de lo que ha sido nuestra historia para que, entendiendo de dónde venimos, podamos comprender mejor el presente y proyectar el futuro.

Por supuesto, no es una tarea fácil, ni aquí ni afuera. El historiador David Bushnell escribió que Colombia ha sido uno de los países menos conocidos y estudiados en los Estados Unidos y en Europa, y el también historiador Charles Berquist argumentó que nuestro país no encaja en los estereotipos que se han utilizado para analizar a América Latina. “¿Qué puede un especialista hacer —argumentó— con un país en donde los dictadores son prácticamente desconocidos, la izquierda ha sido históricamente débil y donde la urbanización y la industrialización no produjeron tendencias populistas?”.

Al costo de que se me acuse de realizar una simplificación imperdonable, entonces, quiero respetuosamente proponer seis premisas que se deberían tener en cuenta para caracterizar a Colombia. Primero, tenemos un país fragmentado regionalmente en una de las geografías más rugosas del continente, con pésimas vías de comunicación, en un territorio con un 50 % cubierto de bosques y selvas en donde la densidad de población es muy baja. Segundo, un país con un Estado históricamente precario que ha sido incapaz de tener el monopolio de la fuerza legítima sobre todo el territorio. En los dos siglos de vida independiente, sólo desde hace poco tiempo contó con un ejército que se acercó al promedio de América Latina, medido en soldados por cada 100.000 habitantes.

Tercero, dicho Estado precario cuenta con bajísimos ingresos tributarios, reflejo de una economía mayormente informal, con el agravante de que, después de impuestos y transferencias monetarias, es incapaz de mejorar la distribución del ingreso, una de las peores del mundo.

Cuarto, sólo después de profundas crisis hemos tenido proyectos nacionales en torno a los cuales se han unido precariamente las llamadas élites. Porque en Colombia tenemos que hablar de élites, en plural, las cuales, además de reacias a construir acuerdos “sobre lo fundamental”, han tenido una historia de enfrentamientos, incluso violentos, desde los albores mismos de la República. De hecho, el mismo Bolívar, poco antes de morir, exclamó que “el no habernos arreglado con Santander nos hundió a todos”.

Quinto, desde hace más de tres décadas el narcotráfico permeó y daño prácticamente todo, incluyendo la política, la justicia y hasta la misma guerrilla.

Sexto, pese a todas las dificultades y vicisitudes, Colombia ha sido un país democrático. Desde los albores de la República, casi sin excepción, hemos tenido gobiernos civilistas, elegidos por medio de procesos electorales, que han hecho un uso limitado del poder. Nuestro país ha sido ajeno a los dictadores militares y a los caudillos que han plagado en el pasado la gran mayoría de nuestros vecinos en el continente, varios de ellos reencarnados en los autócratas de la actualidad.

Por supuesto, alcanzar un acuerdo sobre estas premisas no es una tarea fácil, pero tenemos que intentarlo. No podemos seguir con la torre de Babel de una academia que sólo discute en el interior de cada disciplina sin alcanzar acuerdos mínimos sobre casi ningún tópico.

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