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EL JUEVES 27 DE MAYO PASADO, DESde muy temprano, seguí con detenimiento la evolución de los mercados financieros europeos y de Wall Street en espera de la votación de la Cámara de Diputados de España sobre el plan de ajuste fiscal que, días antes, había presentado el presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.
Apenas por un voto, y gracias a la abstención de los nacionalistas catalanes, Zapatero ganó la votación y el plan quedó aprobado. Con un déficit fiscal que alcanzó un 11,2% del PIB en 2009, recortando salarios, congelando pensiones y con una drástica contracción de la inversión pública, el plan pretende reducirlo a un 3% del PIB para 2013. Al conocerse la noticia, Wall Street y todos los mercados de valores europeos se dispararon. Si Zapatero hubiese perdido la votación, los efectos para España, para Europa y para los mercados financieros del mundo hubiesen sido desastrosos. No me cabe duda de que hubiesen sido más graves que la crisis griega y, quizá, similar a los efectos de la quiebra de Lehman Brothers.
Es realmente lamentable que España haya llegado a una situación tan deplorable y que continuará en estado crítico durante mucho tiempo porque, además del déficit fiscal y la dinámica de la deuda pública y privada, existen serios problemas en el mercado laboral y en el sistema financiero, particularmente en las cajas de ahorro, como consecuencia del desinfle de la burbuja inmobiliaria. Pero, más allá de la crisis económica, existe un problema aún más hondo y más grave. En términos simples, el espíritu de entendimiento y colaboración entre los principales partidos políticos, las asociaciones empresariales y los sindicatos de trabajadores que, después de la dictadura de Franco, se plasmó en los llamados Pactos de la Moncloa han llegado a su fin. Eso es muy infortunado porque, con dichos acuerdos, España logró unos consensos básicos de reformas políticas y económicas que la catapultaron en una época de avances espectaculares en todos los campos. De ser un país atrasado y periférico, España se transformó en un país europeo moderno y modelo para Latinoamérica, para los países del Mediterráneo y los del Este de Europa. Finalmente, pareció contradecir el derogatorio juicio de Hegel, que argumentaba que Europa comenzaba en los Pirineos. En retrospectiva, qué grandes vemos hoy a Adolfo Suárez, a Calvo Sotelo, a Felipe González, a Santiago Carrillo, a Tierno Galván, entre muchos otros. Grandes para pensar en grande y para poner a España por encima de los intereses particulares de sus partidos y de sus ambiciones personales. Y que pequeños y diezmados que vemos a muchos de los actuales dirigentes políticos de la Madre Patria. Con el país al borde de una profunda crisis económica, pareciese que lo único que les interesa a los unos es mantener el poder y a los otros forzar nuevas elecciones. Desde hace mucho tiempo la prensa casi sólo resalta los epítetos insultantes y derogatorios que se cruzan entre ellos. Es inevitable recordar a los países del Cono Sur del continente suramericano de los años setenta y ochenta, cuando todo andaba mal en la política, en la economía y en lo social, y lo único que funcionaba bien era la selección de fútbol. ¿Qué sería de España sin Xavi Hernández, sin Iniesta, sin Xavi Alonso, sin Torres y compañía? Ojalá que a España le vaya bien en el Mundial de Sudáfrica, porque en el resto de cosas la imagen es la de un país que se derrumba. Porque la amamos entrañablemente, nos duele España.