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Hacia el buen Gobierno

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Varias ramas de la economía han estado dedicadas a demostrar las fallas de la teoría de la “competencia perfecta”, el paradigma sobre el cual se sustentan los teoremas centrales de la teoría económica ortodoxa.

Las asimetrías de información o las economías de escala en la producción de ciertos bienes y servicios, entre otras, se han aducido como razones para argumentar que los mercados tienen “fallas,” que es necesario corregir.

Naturalmente, quien debe introducir dichas correcciones es el Gobierno, que se supone tiene el conocimiento y la información suficiente y la voluntad para tomar decisiones adecuadas. Así, se creó un paradigma alternativo a la teoría ortodoxa basado, por un lado, en la noción de unos mercados que son imperfectos y, por otro, en la concepción de que existen gobiernos que, o son perfectos o, si no lo son, tienen la capacidad para realizar un trabajo eficiente.

Infortunadamente, la realidad es mucho más complicada de lo que han supuesto los teóricos de las fallas de mercado. Porque, en la vida cotidiana, nos vemos obligados a operar y a escoger entre mercados que fallan y gobiernos que también fallan. Es decir, en la vida real hay tanto fallas de mercado como fallas de gobierno. Pero, más grave aún, mientras se han estudiado a fondo las fallas de mercado, no existen suficientes y serios estudios académicos sobre las fallas de gobierno y sobre cómo remediarlas.

Por supuesto, no es fácil estudiar y definir lo que es un buen o un mal Gobierno. Entre otras razones, porque los gobiernos producen bienes públicos, como la regulación y la supervisión, y no bienes privados, como pantalones o motocicletas. Y, mientras existen métricas muy avanzadas y precisas que les permiten a los accionistas de una empresa privada saber si la producción de motocicletas se está haciendo de manera correcta, es muy complicado para los ciudadanos de un país (los accionistas de un gobierno) conocer si se está haciendo una buena o mala regulación, por ejemplo, del mercado de capitales.

Unido a lo anterior, la dificultad de analizar objetivamente la generación de bienes y servicios de un Gobierno se acrecienta en una democracia por la lucha política e ideológica entre el Gobierno y la oposición, e incluso por las diferencias y contradicciones que existen en el interior de los mismos gobiernos, que son aparatos administrativos gigantescos que toman decisiones en una multitud de temas y esferas.

Una teoría del buen (y del mal) Gobierno tendrá que tener en cuenta todas estas restricciones y dificultades. Si me presionan, me atrevo a decir que un capítulo obligado de dicha teoría tendría que estar dedicado a eliminar o reducir las asimetrías de información que existen entre los gobiernos o los ciudadanos o entre los ministros, gerentes o directores, en el interior de los gobiernos.

Este es un campo de estudio muy promisorio que deberían acometer los académicos de la economía y de la ciencia política, al igual que las escuelas de gobierno. Porque, además de un ingrediente esencial de la gerencia pública, la buena información induce la creación de otros bienes públicos, como son el escrutinio de los ciudadanos y la rendición de cuentas de los funcionarios, todos ellos necesarios en la lucha contra la corrupción. Todo esto ya lo sabían los abuelos, quienes, sin haber estudiado economía, cuando éramos niños nos decían que el mejor desinfectante es la luz del sol.

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