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La bonanza maldita

Santiago Montenegro
15 de noviembre de 2015 – 09:00 p. m.

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El modelo de desarrollo de Colombia Colombia tiene muchos defectos que corregir, pero hay que reconocer que es muy similar al de otros países de América Latina.

En Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay o Venezuela también han convivido la economía de mercado con mucha pobreza y una mala distribución del ingreso. Como acá, allá también hay empresarios, industriales y banqueros cuyas firmas generan la gran mayoría de los empleos formales y pagan la gran masa de los impuestos con los que se financia el Estado. Como acá, en esos países la gran mayoría de sus ciudadanos trabajan en los sectores informales y viven del rebusque en ciudades gigantescas y desordenadas.

Como acá, esos países heredaron la tradición hispánica, la religión católica, el castellano, una misma cultura barroca y cuentan con estados burocratizados, ineficientes y clientelistas, cuando no cleptocráticos.

Podría agregar otra gran cantidad de características comunes entre Colombia y esos países, pero es crucial argumentar que sólo acá hemos tenido grupos alzados en armas que han perdurado durante medio siglo. En varios de ellos hubo guerrilla en los 60, en Perú en los 80, pero sólo en Colombia ésta ha sido continua durante medio siglo. Si no es el modelo de desarrollo y si no es la cultura, entonces, ¿qué explica la diferencia? ¿Por qué en Colombia hemos tenido grupos alzados en armas continuamente durante tanto tiempo?

Consistente con una extensa literatura internacional, creo que son dos causas las que explican la diferencia, causas que, efectivamente, las podemos definir como objetivas. Primero, es el modelo de desarrollo, pero no el de la economía de mercado formal compuesta por empresas industriales, bancos o cadenas comerciales. Esas empresas generan millones de empleos formales y pagan impuestos. Pero sí es la economía de los cultivos ilícitos de la marihuana y la coca, y el tráfico de la cocaína, que desde los 80 alimentaron a la guerrilla y a los grupos paramilitares. Ese es el verdadero capitalismo salvaje que asesinó a jueces, políticos y miembros de las Fuerzas Armadas, corrompió a buena parte del Estado y de la sociedad y les dio recursos gigantescos a los grupos alzados en armas.

La segunda causa objetiva que nos diferencia de otros países ha sido la histórica debilidad del Estado, que se reflejó en que, desde el siglo XIX y hasta hace pocos años, Colombia contó con unas Fuerzas Armadas muy pequeñas, comparadas con las de otros países de América Latina (medidas en soldados por millón de habitantes). Junto a una geografía muy quebrada y un 50% de su territorio cubierto por selvas y bosques, este factor facilitó el accionar de los grupos ilegales e hizo que el Estado no contase con el monopolio de la fuerza legítima sobre todo el territorio.

Por esto, preocupa enormemente que Colombia haya vuelto a ser el principal productor de coca del mundo. Este mayor volumen de producción y la masiva devaluación de la tasa de cambio están produciendo una bonanza gigantesca en esa economía maldita. Si no se combate la producción de coca y si las Fuerzas Armadas no copan las áreas donde están las Farc, el llamado posacuerdo de La Habana no se traducirá en posconflicto.

Porque, mientras perduren las verdaderas causas objetivas que alimentan a los grupos alzados en armas, hay razones para temer que continuará la violencia en nuestro país.

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