La política de la identidad

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Hace unas semanas discutíamos si se está acabando la diferencia entre derecha e izquierda para ser reemplazada por un nuevo centro político. Ahora, quiero insistir que este fenómeno está efectivamente sucediendo en algunos países, pero sin que esto quiera decir que se están desapareciendo las diferencias sociales. Aunque parezca paradójico, esa vieja dicotomía entre derecha e izquierda puede estar desapareciendo precisamente porque se están haciendo explícitas otras diferencias que están reemplazando la política de la ideología a favor de una política de la identidad.

Cada vez menos, la gente se define políticamente como liberal, conservador o socialista y, cada vez más, lo hace en términos de su región de origen, de su fe religiosa, de su identidad racial o con base en su orientación sexual. En muchos países, la importancia que anteriormente tenía el concepto de “clase” social se ha ido reduciendo y en su lugar el término “cultura” ha tomado importancia como la forma que define las diferencias sociales. ¿Por qué se ha dado este fenómeno? Porque la clase obrera industrial ha perdido parte de su poder a favor de trabajadores independientes y de los servicios, los sindicatos se han debilitado, la ideologías colectivistas han perdido influencia, el mercado ha penetrado en espacios antes jamás imaginados, entre otras razones.

Este es un fenómeno que está excelentemente planteado en el último número de Letras Libres (julio, no. 223), en donde Kenan Malik argumenta que la solidaridad ha comenzado a definirse, no en términos políticos, sino de etnia, cultura o fe, y, en forma semejante, el concepto de igualdad, que antes significaba el derecho a ser tratado con igualdad a pesar de las diferencias de raza, etnia, cultura o fe, hoy significa el derecho a ser tratado de manera diferente en razón de esas diferencias.

Para Malik y para Mark Lilla esta política de la identidad ha debilitado a sus principales promotores, los partidos liberales y progresistas, pero también a la democracia, porque está socavando el concepto de ciudadanos al hacer que la pregunta “¿en qué tipo de sociedad quiero vivir?” sea reemplazada por la pregunta “¿quiénes somos?”. Además, al consolidarse la política de la identidad, grupos que antes eran claramente mayoritarios, como los blancos, rurales y religiosos de los Estados Unidos, han comenzado a exigir ser tratados como minorías, lo que ha explotado la derecha populista que eligió a Trump, pero también explica el brexit y el respaldado a Le Pen. Como resultado, la política se ha tornado negativa, excluyente, de confrontación racial, de ataque a supuestos enemigos internos y externos, a la casta, a la tecnocracia, cuando no a la globalización.

Para Kenan y para Lilla, la respuesta debe ser aferrarse a la diversidad pero para fortalecer la democracia, para materializar una política de la solidaridad en vez de la política de la identidad y para tratar a todos los miembros de la sociedad como ciudadanos, que logran compromisos con base en un debate abierto y vigoroso sobre los valores a los que se aspira, respondiendo a la pregunta de que tipo de sociedad se quiere vivir. Aunque no lo plantean, creo este es precisamente lo que argumenta para Francia el nuevo centro de Macron.

Finalmente, quien piense que Colombia es ajena a la política de la identidad comete un error garrafal, pues desde hace mucho tiempo ha sido determinante en los resultados electorales.

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