Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Esta es la historia de un país que, durante mucho tiempo, gastó mucho más de lo que tenía, lo que se reflejó en un gran déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos; un país con unos niveles de informalidad inmensos; con un recaudo tributario muy reducido porque, aunque las tasas no eran bajas, las bases tributarias sí eran reducidas por la evasión, la elusión y la misma informalidad; con un clientelismo y una corrupción legendarios; con uno de los niveles de gasto militar más altos de la región, y, como si todo lo anterior fuese poco, con un gasto en pensiones descontrolado, porque un grupo privilegiado de personas, la mayoría de ellos antiguos empleados del Estado, se jubilaron a muy temprana edad y con tasas de reemplazo exageradamente altas.
Todo esto suena algo familiar, ¿verdad? Pero no me estoy refiriendo a nuestro país, sino a Grecia. En realidad, la historia económica de ese país, con una historia, una geografía y unos paisajes incomparables, es aún peor de lo ya dicho, porque durante muchos años fue presidido por una banda de políticos y tecnócratas sinvergüenzas que, sin ningún pudor y con la complicidad de una calificadora de riesgo internacional, falsificaron las cifras fiscales, las cuales llegaron a mostrar un déficit de tan sólo una cuarta parte de la cifra real.
De esa forma, cuando se supo la verdad, el ajuste se tornó inevitable y ha implicado unos efectos muy dolorosos, los cuales, como sucede casi siempre, no los han sentido necesariamente quienes los causaron. Y, contrario a lo que argumentan los premios Nobel Krugman y Stiglitz, quienes junto al gobierno de Syriza le han echado la culpa a la troika (formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional), el apretón hubiese sido aun más calamitoso si dicha troika no le hubiese proporcionado considerables créditos subvencionados a Grecia. No cabe la menor duda que, sin esas ayudas, el ajuste y el sufrimiento del pueblo griego hubiesen sido significativamente mayores a los que efectivamente se han dado en años pasados.
Más pronto que tarde, la troika y el actual Gobierno llegarán a algún acuerdo que, seguramente, involucrará un perdón para una parte significativa de la deuda. Pero la experiencia no será provechosa si no se interiorizan las siguientes lecciones:
Primero, la causa de fondo de los problemas de Grecia no está en Europa, sino dentro del país. Más pronto que tarde los griegos deberán entender que, durante décadas, tuvieron un Estado clientelista y cleptocrático, manejado por gobiernos socialdemócratas y de centro derecha marcadamente corruptos. Segundo, si quieren ser parte de Europa tendrán también que entender que dicha membresía implica no sólo derechos, sino también obligaciones, pues los ciudadanos del resto de Europa no tolerarán pagar con sus impuestos los gastos de un pueblo que se niega a pagar los suyos. Tercero, el gobierno populista, como el de Tsipras, terminará defraudando a su electorado, pues, más pronto que tarde, se verá obligado a subir los impuestos, a recortar el gasto y a peluquear las pensiones. Es decir, tendrá que hacer todo lo que prometió que no haría durante la campaña electoral por echarle la culpa a la troika.
Colombia, por supuesto, ni está en Europa ni es Grecia. Pero haríamos bien en interiorizar las lecciones de esta dura y triste historia.